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12 de julio de 2007

Un bautizo real, por tanto, especial


Yo sé que a quien bautizan es a una niña con ojos y labios como las demás y que tanto la ceremonia como el convite conciernen a su familia y amigos; sé que harán lo que se suele hacer en estos casos, cura que pregunta los nombres que se le quieren imponer, padrino que agarra el velón y golpe de agua bendita sobre la cabeza de la neonata; sé que después se tomarán su correspondiente salpicón de mariscos y su inevitable ternera asada, como cualquier quisque, y sé, por supuesto, que el padrino tirará unas monedas a los chiquillos e invitará a unos puros –si es rumboso– a los asistentes.

Pero la niña a cristianar tiene algo que la hace diferente: su DNI tendrá el número 23, uno de los reservados a la Familia Real; su partida de bautismo se conservará en el arzobispado castrense, su registro como ciudadana española se realizará en un Registro Real custodiado en una cámara acorazada del Ministerio de Justicia y su tratamiento será el de Infanta de España. Es decir, que la llamaremos Alteza. Es la hija de los Príncipes de Asturias, hermana de la futura Heredera del Trono y nieta de los Reyes de Aquí, osea, alguien que no va a pasar inadvertido en el resto de años de su vida y a quien vamos a tener que acostumbrarnos como elemento habitual de nuestra historia cotidiana, razón por la cual estamos en condiciones de pedir a su familia que compartan en alguna medida su celebración con nosotros.

Ya sé que no nos van a meter a todos en la sala de palacio en la que unos camareros ofrezcan canapés de anchoa y dátiles con jamón de york, pero podrían contarnos qué es lo que van a comer y qué regalos se le han hecho a la bautizada: sugiero que no coincidan todos en regalar patucos de punto, conchas para el agua de bendecir ni álbumes de fotos de lomos nacarados con la inscripción “las fotos de mi bautizo”. Podrían regalarnos una de esas fotografías en las que posan todos los familiares después del postre habitual de pijama de helados y de la copa de Aromas de Montserrat, esas de padres con la corbata a medio deshacer y madres y tías y abuelos estirándole el faldón de bautismo, con niños haciendo de las suyas –estando Froilán todo es posible– y amigos cercanos de ojos vidriosos asomando la cabeza por detrás de la familia.

Aconsejo que contraten a un organista multipistas para cantar Paquito Chocolatero y a payasos que distraigan a los más pequeños –con Froilán convenientemente atado– mientras los familiares celebran con aplausos el eructo correspondiente a su toma láctea de medio día. Un bautizo normal, vaya. Y, por supuesto, que nos lo cuenten.

 


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