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31 de agosto de 2006

Gema, mira quién está enamorada


Ya se da a Gema Ruiz por totalmente renacida.

Otros renacen de sus cenizas; ella lo hace de sus huesos, que ya no son los más conocidos por los aficionados  a la anatomía.

Ahora ya no se le pueden contar, como en su día, y quedan ocultos bajo un pelotón de carne satisfecha.

Unos renacen de repente, una fresca mañana de primavera, y otros lo hacen por etapas, primero esto y luego aquello, como en este caso: hemos sido testigos de su rapto en las laderas brillantes de Córdoba y de su liberación final en la cubierta de un yate.

Y de todo lo que ha habido de por medio. ¡Cómo no iba a ser así!

Faltaba el amor, ese que renueva hasta la carne más quemada, para que el ave oculta tras las cenizas retomara un vuelo definitivo.

Lo demás había ido regenerándose en una sucesión interesantísima de capítulos dignos de recordar: primero los kilos, luego las portadas, luego el baile, luego las apariciones mediáticas y, finalmente, al amor.

Por las imágenes, la que fuera discreta mujer de un vicetodo está hasta las trancas de un tullido caballero sureño sobrado de recursos y saberes que le ha devuelto las ganas de saltar por las orillas de las cosas y de posar con cara de almíbar en los atardeceres blandos de la costa.

Respiramos aliviados. Todos. Hasta el primer raptor enamorado de aquellos días en los que el hombre poderoso demostraba que también tenía su corazoncito.

Los primeros golpes visuales tras la escapada del pescador de salmones –o de truchas, no sé– fueron demoledores: callada, consumida, dolorida, Gema acudía a los amaneceres como quien acude al trabajo inevitable, esquivando las miradas inquisidoras de aquellos que sienten siempre curiosidad malsana por comprobar cuál es la cara que se le queda a uno cuando lo abandonan.

Una vez tragado el primer ricino de la obscenidad, es decir, los primeros reportajes de la vida renovada que experimentaba el otro, la escuálida cordobesa, que parecía una sirena desecada al sol abrumador de la capital, comenzó a removerse de su retiro y se asomó descarada por las cortinas de los salones de baile.

Bailó y sonrió y, cosa que no creíamos, se hizo un hueco en la efervescente y escurridiza popularidad de la televisión.

Pasó del negro al amarillo, completó calorías por todo su entramado óseo y se giró sonriendo a la calle, por la que habría de venirle el soplo definitivo.

Acaba de bailar su último tango del verano y de sellar el documento definitivo que expide la opinión pública para certificar que ha vuelto al punto en que lo dejó. Lo celebro, sin duda. Aunque haya, que lo habrá, quien se lo eche en cara.


 


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