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15 de marzo de 2007

Jesús Alejandro, la última alegría de los Janeiro


De tratarse de un clásico natalicio, esta crónica se limitaría a señalar que en la andaluza localidad de Jerez de la Frontera ha venido al mundo el hijo de Jesús Janeiro y María José Campanario, al que se le ha impuesto el nombre de Jesús Alejandro, siendo éste el segundo hijo de la pareja, el cual ha colmado de alegría el hogar conyugal, encontrándose tanto la madre como el niño perfectamente. Pero no es un natalicio cualquiera, evidentemente: es el hijo de un torero y es, además, el hermano de la hija que el torero tuvo con una joven conocida por sus apariciones televisivas y sus bailoteos carnavaleros con abucheo incluido. Es decir, ha nacido el hijo de Jesulín de Ubrique, figura del toreo que merece un respeto, el hijo de María José Campanario, la enfermera que conquistó su corazón y que ya le dio una hija anterior, y el hermano de la hija de Belén Esteban, ídolo absoluto de los buscadores de iconos paraestéticos como quien suscribe.

En contra de lo que ocurrió con el nacimiento de su hija anterior, no la de Belén sino la de María José, la familia no se plantea la realización de exclusiva alguna y se presta generosamente a proporcionar la información justa y necesaria a los medios de comunicación renunciando a una buena suma de euros que le habían ofrecido. Menos mal. No aceptarlos significa que algo ha aprendido y que, además, no le hacen falta. Este niño viene a ser, en resumen, un desatascador: consolida la familia y diluye el tipo de noticias que viene envolviendo a la pareja desde hace algunos meses, ya que al menos no se habla de quién le dijo a quién lo que era cada uno, de cómo se llevan éste y el otro, de cuándo comparecerá ante los tribunales la mujer del torero –en el caso de que no se anulen las escuchas realizadas durante la investigación– y de las ganas de retirada de su matador padre.

Un hijo oxigena no pocas estructuras, y éste viene a dar impulso, entre otras cosas, a la temporada de un progenitor que piensa encerrarse 80 veces con dos morlacos durante lo que queda de año. Jesulín es un torero de cuerpo entero al que los daguerrotipos televisivos le distorsionan la figura que representa en la tauromaquia y al que los dimes y diretes familiares –y los errores cometidos– le difuminan la valentía y hombría de su toreo: no estamos hablando de un mequetrefe contertulio televisivo, sino de un matador de toros mucho más serio de lo que los no aficionados pueden recordar.

Que se deje de zarandajas y que celebre por todo lo alto la llegada del continuador de su afición olvidándose de lo que digan unos y otras. Y que corte muchas orejas esta temporada.

 


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