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8 de diciembre de 2017

Coles de Bruselas


Ayer se acostaría feliz el niño Carlitos Puigdemont. Sus amiguitos han ido a verle al colegio en el que está castigado por sacar malas notas. O por ser malo malo malasombra

Ayer se acostaría feliz el niño Carlitos Puigdemont. Sus amiguitos han ido a verle al colegio en el que está castigado por sacar malas notas. O por ser malo malo malasombra. Ciertamente reconforta cuando se acuerdan de ti, cuando un puñado de fanáticos como tú pide un día de fiesta –ayer era laborable– y tira de su bolsillo para cruzar Europa e ir a escenificar una de esas performances que llevan tantas veces ensayadas. Y van alegres como chiquillos expresando «festivamente» ser «un sol poble» y reivindicando que la UE medie entre Cataluña y «El Estat» no se sabe bien cómo ni para qué, porque al fin y al cabo lo que importa es el eslogan y es el que le han dado a la masa feliz. Hicieron lo que saben hacer, elevar hacia el aire ese inmenso globo cursi e infantil al que viven agarrados, autoconvencerse de que han vuelto a impresionar a Europa y darse codazos de satisfacción por el acojono que habrán causado a «Madrit». Y no saben, y a este paso ya no lo sabrán nunca, que Europa no quiere saber nada de este asunto (Junker ni se molestó en negarles audiencia) y que el gobierno tiene en su mano un artículo sencillo pero demoledor con el que les han puesto en fuera de juego y les pueden volver a poner en cuanto se tercie.

La marcha de ayer en Bruselas fue claramente aintieuropea y los entusiasmados catalanes que bramaban contra varias cosas a la vez estaban acompañados por las banderas del Gallo Rojo y el León Negro de los independentistas de Valonia y Flandes, que serán personas estupendas pero que no sé yo si son la mejor compañía para hacerse valer ante las instituciones locales y comunitarias. Fue, asimismo, una marcha xenófoba, con ribetes racistoides al uso: en las entrevistas a pie de obra que abrieron los informativos belgas, alguna gente, además de asegurar que España es franquista y esas cosas que van siempre en el guión, llegaron a decir que los catalanes son gente del norte, trabajadores y responsables, mientras que la del sur son unos zánganos que sólo viven para las fiestas y los toros. Ante tamaño descubrimiento sociológico les quedará poco por decir, quizá tan sólo escupir algo de azufre al suelo. La manifestación de ayer fue, por demás, un intento de recarga de los muy desasistidos depósitos de combustible emocional del que vive toda esta pandilla de cuentistas. Necesitan recalentar sus circuitos y que TV3 se pase seis días repitiendo imágenes que eleven el tono del independentismo de nuevo a límites épicos, y no permanezcan en esta sorda depresión alcanzada por méritos propios tras el desmerengue de su chiringuito.

En la cabecera de la marcha estaba plastificado el sainete permanente en el que vive esta tropa: Artur Mas muerto de frío, el disparatado presidente que hundió a un partido podrido de corrupción, Carlos Puigdemont, el presidente que huyó de la Justicia en el maletero de un coche, con bufanda amarilla, que es todo con lo que piensa escenificar su solidaridad con Junqueras, y Martita Rovira, la fanática llorona que pasea su incompetencia de mentira en mentira y que causa auténtico delirio de placer en los que deben dar cuenta de sus desmoronamientos. Ese es el ofrecimiento que el independentismo hace a la sociedad catalana para conquistar el paraíso, para cruzar el Jordán o para alcanzar la Arcadia Feliz, que ya no sabe uno que metáfora utilizar. Si eso es lo mejor que pueden ofrecer a los miles de manifestantes que se han podido permitir un fin de semana en una ciudad bastante cara en apoyo a delincuentes detenidos, no quiero ni pensar cómo serán aquellos que consideren menos presentables. Menudas tres coles para un caldo. 

 


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