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16 de diciembre de 2018

España, historia de éxito


«Con la Constitución, el tren de las revoluciones pasó en el 78 y España se subió a él, gracias, fundamentalmente, a que se instalaron la concordia y el deseo de mirar hacia el futuro. Es pertinente pues observar de dónde veníamos, todo lo que hemos conseguido, y todo lo que podemos perder»

POCOS días atrás España ha celebrado, ante el razonable orgullo de unos y el áspero desentendimiento de otros, los cuarenta años de la Constitución de 1978, la que impulsó el Rey Don Juan Carlos y la que confeccionaron un puñado de redactores de innegable envergadura política y jurídica. Un simple vistazo a la realidad de ambas Españas, la de antaño y la de hogaño, vuelca una cascada de datos que, de entrada, puede provocar una reacción escéptica en todos aquellos que desconfían de la espectacular progresión de nuestro país. En todos los órdenes.

La transformación de España no ha sido solo la consecuente evolución que los tiempos normalmente contemplan; ningún país del mundo, salvo dramáticas excepciones, se parece hoy a lo que fue hace cuarenta años, pero el caso de España excede con mucho a experiencias de nuestro entorno: en ámbitos económicos, sociales, culturales y tecnológicos, nuestro país ha progresado de forma geométrica situando nuestra realidad en lo que

The Economist calificaba «los mejores años desde su edad de oro». Lo que paso a relatarle no es consecuencia de especulaciones partidarias ni ensoñaciones interesadas, es el relato numérico de cuarenta años incomparables auspiciados por el acuerdo sin precedentes al que llegaron la inmensa mayoría de españoles.

En este tiempo, desde 1978 hasta el presente, hemos sido capaces de multiplicar por 15 la renta per cápita. Por 15. Ese mismo progreso le costó al Reino Unido 118 años y a EE.UU. 88. España, en años de diversas contrariedades pero también de distintos emprendimientos, ha creado un PIB adicional equivalente a las economías de Holanda y Dinamarca juntas. El PIB per cápita se ha doblado. Todo ello merced a acuerdos y esfuerzos que han logrado que la población activa se duplique hasta los 22,7 millones de personas y que se incorporen casi siete millones de mujeres al mercado laboral.

Muchas de nuestras empresas, que en el 78 apenas asomaban las narices más allá de nuestros límites, son referentes en Europa y en Iberoamérica. Contamos con infraestructuras de clase mundial, incluyendo una red de fibra óptica que cubre el 76% de la población, siendo la del Reino Unido, por ejemplo, solo un 3%. ¿Alguien podría decirnos que España iba a tener 25 veces más fibra que un país de envergadura indiscutible abocado ahora, por cierto, a un delicado proceso de inestabilidad empresarial y social como consecuencia de su salida de la UE?

La Constitución también significó un vector de progreso en lo social sin precedentes: el gasto sanitario per cápita se ha multiplicado por 11, la mortalidad infantil es de las más bajas de Europa, la esperanza de vida está por delante de la de Japón, campeón mundial muchos años, y somos líderes absolutos en donación de órganos. El gasto en Educación per cápita ha aumentado 14 veces y se ha multiplicado por 8 el número de universitarios. Ello ha hecho, junto con muchos otros atractivos que trascienden a la mera estadística y que se refieren a aspectos humanos, climatológicos, costumbristas, que mejore significativamente la credibilidad y atractivo que tenemos como país hacia el exterior: en cuatro décadas ha aumentado en un 40% el volumen de nuestras exportaciones. No hablemos de lo que han supuesto nuestra estabilidad y nuestros atractivos para la captación de turismo mundial, que es hoy más del doble que hace tantos años como fuera promulgada la Constitución.

Aunque muchos agoreros no dieran un duro por España –país vigoroso que desata una curiosísima reacción de desconfianza en sus posibilidades por parte de sus nacionales– nuestra nación es pionera en muchos sectores, gracias a una base científica bien asentada, una mano de obra razonablemente bien preparada e infraestructuras y tecnologías punteras. Pregunten por el mundo por la acreditación de la que gozan los ingenieros españoles, muy demandados a nivel mundial. Muchos de ellos han trabajado en la construcción de infraestructuras viarias en nuestro país que lo sitúan en el tercer puesto mundial en conectividad vial: ahora mismo contamos con más de 15.000 kilómetros de autopistas y autovías (14 veces más que en 1978) por las que circulan unos 30 millones de vehículos, fabricados en su mayoría en la pujante industria que permite a España exportar millones de automóviles al mundo entero. Un número parecido de kilómetros de vía ferroviaria hace que la española sea una de las mejores del mundo. La Alta Velocidad cuenta con 3 de esos 15, habiendo el AVE transportado a más de 21 millones de personas en 2017. Esa cifra asciende a los 72 millones cuando hablamos del número de viajeros que se han movido por aeropuertos españoles, haciendo que España ocupe el octavo lugar mundial en conectividad aeroportuaria. También en materia portuaria el salto experimentado por nuestro país en estos años ha sido más que significativo, hasta tal punto que nuestros puertos permiten situarnos en el número uno, repito, número uno, en la clasificación de eficiencia portuaria, habiendo movido el año pasado a 33 millones de pasajeros y 510 millones de toneladas en mercancías.

Permítanme abordar las cifras de dos aspectos que hacen comprender bien la evolución de España en los cuarenta años en los que la Constitución del 78 ha alumbrado un camino a todas luces asombroso. En el ámbito de las telecomunicaciones podemos afirmar que el nuestro es uno de los países mejor conectados a nivel mundial. En agrobiotecnología somos tercer país del mundo y quinto en bioquímica y biología molecular. Somos décimo país en producción científica y, sorpréndanse, nuestro sector biotecnológico representa ya más del 10% del PIB, mientras en 2008 apenas llegaba la 3%. Quiere eso decir que la biotecnología, ciencia multidisciplinaria con gran uso en farmacia, agricultura, medicina, ciencia de los alimentos y así, está cerca de representar para España tantos beneficios como deja el turismo, nuestra gran industria nacional, la que permite a España ser segundo destino turístico a nivel mundial solo por detrás de Francia y a poca distancia. También lideramos disciplinas como el desarrollo de medicamentos innovadores contra el cáncer, la malaria, el VIH y el alzhéimer o la capacidad instalada de energía solar termoeléctrica.

¿Quiere decir todo lo anterior que España es el paraíso terrenal en el que no hay sectores que padecen crisis o en el que no hay aspectos a mejorar y bolsas de ciudadanos a los que rescatar de condiciones deficitarias de no pocos indicadores de bienestar? Es evidente que quien ello crea no está en este mundo. Pero sí quiere significar que el progreso indudable que ha experimentado España no es discutible a los ojos de los datos aquí relatados, que son públicos y al alcance de cualquiera que se quiera entretener en recopilarlos. Convendría reconocer que ello se ha conseguido gracias al progreso que permiten la estabilidad política y el ejercicio democrático del poder que ha amparado la Monarquía Parlamentaria, ambos inauditos en toda la historia española. El tren de las revoluciones pasó en el 78 y España se subió a él, gracias, fundamentalmente, a que se instalaron la concordia y el deseo de mirar hacia el futuro. Es pertinente pues observar de dónde veníamos, todo lo que hemos conseguido, y todo lo que podemos perder.


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