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6 de abril de 2023

Viernes de El Cachorro


A la memoria de mi inolvidable amigo Josep Piqué

Jesús cenó con sus Apóstoles, estableció la Eucaristía, fue apresado y condenado a lo que Él sabía que debía ser su gran acto de Redención: ser crucificado. Cada Viernes Santo desde entonces, a las tres de la tarde los relojes vuelven a brindarnos la oportunidad de reencuentro con los cuartos oscuros de la memoria, Viernes que nos lleva a la conversación con el Dios de los adentros, en tanto Abril va trepando por las azoteas. La tapia de mi intimidad se la salta cada año un Cristo en su Expiración que, mirando al cielo, musita siete palabras que me saben a lumbre poderosa. Le llaman Cachorro. Fue tallado en 1682 por un hijo de Utrera llamado Ruiz Gijón que, sabiéndolo o no, dibujó en un bloque madera de cedro la agonía del Hijo de Dios con la perfección capaz de cumplir el milagro de inundar corazones año tras año. Y van 341.

El Cachorro cumple con aquella verdad de que, desde Jesucristo, Dios ya no es igual. Otros cultos -me atreví a escribir un día- representan a un Dios inasumible y difuso, este nuestro quiere que el cristiano vea a Dios como si se estuviese viendo a sí mismo; obra el milagro de que el Hombre le ame sin necesidad de ser un místico y le venere sin transformarse en un idólatra. El Cachorro nunca ha visto ni Sevilla ni Triana (¿verdad Pascual González?), pero con su mirada velada hacia su Padre, hace cierto aquello de que es algo más que un altar de madera. «Y entretanto yo me asomo / a tu puente / y lo recorro / de la duda al abandono / Tú te estás muriendo a plomo / Cachorro De Dios, Cachorro».

Su paseo por el Gólgota de Sevilla acaba en el Patrocinio alumbrando para todos ese día en el que se apagan todas las lámparas, esas horas en las que aseamos las viejas sábanas de luz en el ventanal de la vida. Salgo un año más a la calle a buscarte para entablar contigo la vieja conversación de siempre, esa que se establece en la cámara de seguridad de cada individuo cuando se encuentra cara a cara ante el Dios en el que cree. Acopio de medias tardes atadas a la sangre. Consuelo de aquellos que nadan hasta la orilla movediza donde cabalgan los caballos del castigo, de aquellos que beben los jarabes amargos del desaliento y de aquellos otros que perdieron la cuenta de las veces que les abandonaron, de los que no tienen más jardín que los barcos lejanos, los que vienen con un cuerpo que ya no es el suyo, los que siempre son cubiertos por una permanente niebla de invierno, los que siguen detenidos en la raya del amor oscuro que nunca fue y los que tragan su tristeza como un pez muerto nadando en su garganta.

Ese fuego y sudor que en mi costilla / aflora en manantial de pies y manos / no para hacerse mar sobre Sevilla / sino haciéndose pan de sevillanos


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