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30 de noviembre de 2023

Kissinger y Juan Carlos


Su pericia diplomática y su visión histórica permitieron que su país estableciese puentes con los soviéticos

«Yo le aconsejo que mantenga usted el orden y la estabilidad en su país. De nada le servirán las reformas si no hay seguridad en las calles. Aplique las leyes y luego cambie usted todo lo que quiera». Esas fueron, más o menos, las palabras que le dedicó Kissinger en conversación privada al recién proclamado Rey de España en su visita a los EE.UU., las cuales después le ratificó el presidente Nixon en la Casa Blanca. Juan Carlos quiso reunirse con el secretario de Estado sin la presencia de Areilza, ministro de Exteriores que le acompañaba, para hablar con más libertad y, especialmente, para que no le llegaran a Arias Navarro, presidente del Gobierno, todas sus intenciones y planes que sí le contó al recién fallecido Kissinger. El hasta antes de ayer centenario político norteamericano fue un buen amigo de España que aconsejó siempre con prudencia al Rey, a quien ayudó en algunas determinadas gestiones cuando aún Franco vivía. Se recuerda incluso la reunión a cuatro que mantuvieron el general, Nixon, el secretario de Estado y López Bravo, entonces titular de Exteriores, en el despacho de El Pardo tras la agotadora recepción a Nixon en su viaje a España. Franco y Kissinger quedaron traspuestos –literalmente dormidos–, y la conversación la mantuvieron los otros dos. Resultó, si no esencial, sí un aliado importante de aquel tiempo. La propia extravagancia de la historia le quiso otorgar un papel colaborador en el asesinato de Carrero Blanco por estar la Embajada de los EE.UU. cerca de la calle donde explosionaron la bomba mortífera, cosa que no deja de ser un sueño conspiranoico de nula eficacia en el rigor.

La suya ha sido una de las cabezas más lúcidas de la política del siglo XX, y como en la mayoría de protagonismos tan marcados, proliferan las luces y las sombras. Sus tejemanejes en el ‘patio trasero’, entiéndase Iberoamérica, apuntalaron no pocos gobiernos indeseables en la región provocando miles de víctimas, pero dicen sus defensores que ello hay que entenderlo en la lucha contra la hegemonía mundial por la que pugnaba el comunismo de la URSS, que amenazaba con instalarse en aquél continente. Sin embargo su pericia diplomática y su visión histórica permitieron que su país estableciese puentes con los soviéticos, allanando el camino a conversaciones posteriores que resultaron exitosas, y que se abriese el puente con la China de un Mao al que le quedaban dos días. Sus constantes lecciones de lucidez han quedado plasmadas en varios libros, densos y brillantes, que explican bien el apasionante recorrido del mundo en la segunda mitad del siglo pasado. Aconsejo vivamente sus memorias y, especialmente, su último volumen dedicado al liderazgo mundial, el que analiza a través de varias de las biografías de sus personajes más admirados, De Gaulle, Adenauer, Thatcher. Anduvo activo hasta sus últimos días, habiendo viajado recientemente a la China de Xi Jinping y cada uno de sus informes y juicios técnicos sobre la actualidad valen su peso en oro. Estoy seguro de que Juan Carlos ha sentido su muerte.


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