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18 de septiembre de 2023

Los que le llamábamos Pepe


La televisión te da fama, decía; la radio, respeto

Pepe Domingo junto a su esposa, María Teresa Vega

En mayo de 1953, un estudiante de intercambio estadounidense preguntó a Churchill cómo podía prepararse alguien para afrontar los retos del liderazgo. «Estudia la historia. Estudia la historia», fue la rotunda respuesta de Churchill. «En la historia están todos los secretos», le añadió. Probablemente, si hoy alguien quiere bucear en la relevancia de Pepe Domingo Castaño tenga que hacer lo mismo.

Pepe Domingo ha sido mucho más que un comunicador. Ha sido un precursor. Una combinación afortunada de talento, inteligencia y vocación lo convirtió en un referente internacional y de la radio deportiva. Para él la radio lo era todo. Su madre le contó cuando creció que la escuchaba con una cuchara en la mano a modo de micrófono imitando a los comunicadores de Radio Galicia haciendo publicidad. A la radio llegó tras sus experiencias como profesor de latín. La vida de Pepe estaba llena de sonidos. El de la bici que usaba para ir a trabajar a la fábrica de pieles y curtidos, de las escaleras que llevaban a Radio Galicia o el de las palabras de Chicha («Tienes que triunfar»).

Por la radio, renunció a su primer empleo en una oficina. Por la radio salió de una aldea de Padrón y se vino a Madrid a vivir una aventura peligrosa que ha durado siete décadas. Comenzó haciendo programas musicales. Con ellos, consiguió el primer Premio Ondas en 1975 con El gran musical. Después, vendría su etapa televisiva con el programa 300 millones. En 1988, tras el fichaje de Joaquín Prat por COPE, asumió en la Cadena SER Carrusel deportivo y desde entonces el deporte fue su vida. En la última etapa en COPE con Tiempo de Juego. La televisión te da fama, decía; la radio, respeto.

Pepe siempre insistía en que la familia debía ser cómplice del trabajo. La suya lo ha sido empezando por la mujer de su vida, Tere. La gran protagonista de una hermosa historia de amor. También sus hijos, Óscar y Hugo. Trabajó sin parar los fines de semana desde 1988. Nunca le dijeron nada. Su otra familia estaba en la radio con Paco González con el que formó un binomio inquebrantable en los micrófonos y fuera de ellos; con Manolo Lama, Juanma Castaño, Jorge Hevia y con tantas y tantas personas del equipo.

Pepe era una firma en el aire que sería reconocible hasta en plena oscuridad. Lluvia fina de palabras. Esa lluvia que tanto detestaba. Porque su radio iba cargada de palabras. Pepe siempre fue con la honestidad por delante. Él creía que era la mejor forma de enfrentarse a la vida. Y la honestidad que destilaba también la exigía a quienes le rodeaban.

José Domingo Castaño era Pepe. A secas. Así le llamábamos. O Pepe Domingo. Raras veces se le añadía el Castaño en esa redacción en la que aparecía con sus gafas de pasta verde, su sonrisa acompañada de un envidiable bronceado y una camisa poco arremangada por fuera de los vaqueros.

Sumar el apellido Castaño le quitaba algo propio de él, su familiaridad con la gente. Con su equipo, con esos oyentes atraídos por una manera de hablar, una personalidad y una vitalidad contagiosa. Esa familiaridad con la que utilizando algo tan cotidiano como un 'Hola, hola', supo poner una vez más su marca al arranque de un programa de radio y convertir la publicidad en un contenido más. En cierta ocasión, una persona le paró en un bar. No le conocía de nada. Pepe percibió que estaba nervioso pero al mismo tiempo su sonrisa proyectaba admiración. Y tras un tímido silencio, le espetó: «Gracias por hacernos la vida feliz».

Pepe era un gallego muy gallego que se enamoró de la radio pero también y más de una vez me lo confesó, un amante de Andalucía. Tenía 80 años pero se mezclaba con los más jóvenes. Era un disfrutón. Sus romerías, las cenas de los jueves y los domingos donde en un mundo en el que todo va muy rápido, como a los verdaderos líderes, le gustaba la conversación. No escuchaba para responder. Escuchaba para entender. Para él conversar era una forma de mirar despacio. El liderazgo de Pepe no fue elegido. No. Fue fruto de su humildad, de su generosidad. De poner siempre en el centro a quienes le llamábamos Pepe.

Pepe era una persona que cumplió sus sueños. Alguien que escribía con letras de alma y entonces salían en antena, en la pantalla o en un folio textos sentimentales como era él. Siempre lo contaba. Cuando tenía que tomar una decisión en su vida, primero la rumiaba en la cabeza y luego le daba una vuelta por el corazón. Porque como él decía, el corazón es el que toma las decisiones más sabias.


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