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17 de febrero de 2023

Tranquilos, esta gente no rompe


La sangre puede que acabe corriendo, pero nunca llegará al río

Sinceramente, creo que desde el periodismo nos excitamos muy a menudo; especialmente en lo que tiene que ver con la estabilidad del amasijo ministerial que nos gobierna. Los cronistas, comentaristas, observadores de la actualidad política, utilizamos silogismos de lógica civil, deducciones marcadas por lo que nos enseña la vida comercial o laboral diaria, disparatadas a veces si se quiere, pero pegadas la mayoría al terreno de lo real. Y la política, no solo la española, vive en dimensiones distintas. En cualquier relación social medianamente razonable, estable en sus objetivos, si una parte de la unión temporal de empresas boicotea a la otra, mayoritaria por ejemplo, y actúa de forma tan imprevisible como desorientada, las consecuencias son las previsibles: o se ajusta la relación –en virtud de la trascendencia del negocio y el objetivo– o se rompe. En la política española de hogaño, claramente vemos que no, y, atendiendo a nuestros criterios de normalidad, diagnosticamos con demasiada prisa un desenlace inmediato de disolución. La evidencia nos demuestra que estamos en un error.

No es razonable –sino desde la más irreflexiva de las conductas– que el bloque de investidura del Gobierno, formado por Podemos, en compañía estratégica de Bildu y ERC, someta a la parte mayoritaria a la tormenta que estamos viendo estos días y que tiene que ver con retrasar tres semanas la reforma de una ley que saben que han de reformar sí o sí, tal vez con el disimulado –aunque estéril– interés en que esa reforma no se produzca. Los socialistas se duelen, maniobran como pueden, amenazan en voz baja con aceptar la ayuda parlamentaria del PP… pero no rompen nada, como muchos quisieran o como algunos predicen. Nada de eso parece que vaya a ocurrir: la sangre puede que acabe corriendo, pero nunca llegará al río, ya que el objetivo es común y no es otro que llegar desde el poder compartido a las próximas elecciones generales de diciembre. Mantenerse a toda costa puede perjudicar gravemente a alguno de los dos socios, pero ese factor no desestabiliza una unión en la que los dos se mantienen mutuamente: ¿creen que al PSOE le conviene un desmoronamiento de Podemos? Claramente no, a menos que pudiera llevarse de golpe todos los votos de ese sector, cosa que nunca es segura. A los socialistas les interesa que Podemos siga manteniendo masa crítica para poder sumar con ellos en lo que serán los difíciles tiempos del próximo diciembre, y los miembros de la ejecutiva socialista creen, además, que el que rompe, paga. A uno o al otro le acabaría llegando el cobrador de votos.

Superarán los desencuentros: unos porque no tienen donde ir, otros porque creen que es mejor no agitar el avispero antes de mayo, esa suerte de primarias donde se pueden sentar las bases de lo que ocurra en diciembre, se presente Sanchez o no. Todas las sospechas que podamos alimentar desde el exterior de palacio contienen un error elemental: no son como nosotros y en sus esferas no hay honor, ni dignidad, ni vergüenza. Solo hay política.


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