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11 de enero de 2024

Vamos a esperar al articulado


Puigdemont esconde a un provinciano que se deja convencer con cohetería barata: solo cuenta la pasta

Realmente, no sabemos nada. Y no sabemos nada porque quienes firmaron in extremis un acuerdo para la aprobación de dos decretos tampoco saben mucho. Los acuerdos entre partidos o grupos parlamentarios apalabrados en el pasillo de un Parlamento son un simple enunciado de voluntades acuciado por la prisa de una votación. Luego eso hay que llevarlo al BOE y ahí es donde todo cambia. Que Bolaños y Nogueras pactaran traspasar a Cataluña materias relacionadas con la inmigración, ciertamente, no significa gran cosa hasta que eso se traduzca en articulado de una ley, orgánica por demás, que precisa de mayoría absoluta en el Congreso. En la voluntad del Gobierno está, a buen seguro, reducir la cuestión a una suerte de gestión social de integración de inmigrantes o algo así, una ventanilla con presupuesto para entretener a recién llegados; en la voluntad de Junts está, indudablemente, sustituir a la Policía Nacional y poder expulsar a indeseables camino de Valencia o de Zaragoza, siempre que Valencia y Zaragoza se dejen, que no creo. La Administración catalana acaricia sus viejos sueños húmedos: aquí se quedarán los que aprendan rápidamente catalán y no se salten un semáforo, decidiremos cuántos nos hacen falta y echaremos con cajas destempladas a los no pertinentes. Pero eso no va a ser tan fácil, ni aunque quiera Sánchez o la madre que lo trajo: ¿hacia qué dirección se expulsa a los que no se quiera, por ejemplo? ¿Qué tipo de prueba va a ser necesaria para establecerse en Masnou? ¿Cuando hablan de inmigración también incluyen a los murcianos?

Esa cesión, como la que hace referencia a la vuelta de empresas a Cataluña o la retirada del articulado que evita la aplicación de una ley recurrida ante tribunales europeos, son apalabramientos verbales que luego se quedan en fricción burocrática: lo realmente importante es el anuncio del acuerdo, la propaganda con la que transmitir a su electorado que han arrancado cosas importantes que, después, cuando hay que materializarlas, pierden no poca masa muscular. En eso confía el grupo de negociadores de Sánchez: a ver si estos aldeanos se conforman con la victoria expositiva y así ganamos tiempo hasta el próximo decreto, en el que prometeremos de nuevo lo que no podemos conceder, un referéndum por ejemplo, y si te he visto no me acuerdo. Todo lo sibilino y refinado que perece Puigdemont esconde a un provinciano que se deja convencer con cohetería barata: lo único contante y sonante es la pasta, el dinero a transferir, y no la gestión anunciada de grandes expresos europeos que luego hay que llevar a la letra de un ley que queda un poco lejos. Evidentemente un día pueden hartarse y patear el tablero y las fichas, pero entonces se les acaba Sánchez, el hombre al que supuestamente arrancan cesiones inverosímiles para su paisito de juguete y al que hacen sufrir alguna tarde de tensión parlamentaria, pero al que siguen manteniendo en el machito. Ellos y los canelos de Coalición Canaria, los cretinos pagafantas de anteayer.


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