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21 de septiembre de 2006

Las ex presas de Marbella y su nueva vida


Una salió exultante de la cárcel; la otra, hundida. Una muy rubia; la otra, opaca. Una, sonriente; la otra, demacrada.

Iguales para gobernar y distraer, diferentes para afrontar las consecuencias.

Dos vidas paralelas que divergen en los últimos metros de trayectoria.

La que salió en silencio, Marisol, lo decía todo: abatimiento que lame la depresión, temblor escénico que describe su temor por el futuro, por el día en que pueda volver a conocer de cerca la humedad de una celda.

La que salió con los brazos abiertos, Isabel, transmitía esa seguridad de quien cree en determinadas impunidades: al fin y al cabo, el que fue su partido tiene experiencia en despedir y recibir a las puertas de prisión a algunos de sus hijos predilectos.

Aseguran que la alcaldesa no trabó una red de complicidades afectivas dentro de la cárcel más famosa de España, la de Alhaurín de la Torre; en cambio, parece que Isabel sí se introdujo en los círculos cotidianos de quienes moran largamente entre rejas.

Ignoro si ha sido esa familiaridad con las delincuentes encarceladas o la seguridad que brinda tener un excelente abogado lo que la ha llevado a decir una perfecta e insolente provocación: “Soy una presa política”.

Como acertadamente le ha señalado Salvador Pendón, el presidente de la Diputación de Málaga, Isabel García Marcos no es una presa política, es una política presa, que no es lo mismo.

Presa por estar acusada de robar, no de exponer su vida por sus ideas en una sociedad víctima de despiadados dictadores.

En la cárcel aún quedan algunos implicados en la operación desencadenada por el juez Torres y muchos se preguntan cuántos quedan por entrar.

La duda estriba en si la prisión es simplemente preventiva para que la justicia pueda investigar con suficiente soltura o en si la evidencia de los delitos es tan grande que resultaría un agravio conceder la libertad a sospechosos de robos masivos como los descubiertos en la Marbella de los “chicos” de Roca.

Nadie es culpable hasta que un tribunal lo demuestra, pero la catarata de evidencias que planea sobre esta “troupe” de trincones hace difícil entender por la mayoría de la gente que pudieran campar a sus anchas de circo en circo.

Algún día seremos capaces de entender por qué se ha tardado tanto en exprimir responsabilidades penales y señalar a los responsables de un desfalco monumental.

Quizá también de entender por qué ha existido complacencia política de las autoridades (in)competentes. Mientras tanto, seguiremos asistiendo a entradas y salidas como las del pasado fin de semana: unas deprimentes, otras insultantes.

 


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