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7 de diciembre de 2006

Fin de un raro amor


La pareja era rara de narices y despertaba todo tipo de sospechas. Eso resulta incontestable.

Pero, puestos a considerar, ¿qué había de malo en ello? Posiblemente, no más que lo meramente inusual.

Gina Lollobrigida calza ya setenta y varios y el catalán aniñado no pasa de los cuarenta y cinco, lo cual no es usual: lo inusual se paga y hay que explicarlo muchas veces, con el consecuente desgaste que ello comporta.

Nadie considera que esa relación no acaba de nacer, sino que se viene dando desde que la diva italiana contaba con cincuenta y siete años  –espléndidos, por cierto– y el pimpollo barcelonés veintipocos:
lo que pudo haber nacido como un calentón exótico y gustoso se mantuvo, en cambio, durante los suficientes años como para que se viese como una verdad asumida.

Cada pareja, todo hay que decirlo, organiza su vida como considera oportuno y establece un código de intimidad que sólo a ellos concierne: no sabemos qué clase de relación habían establecido en sus pactos personales, si primaba más la amistad, la confidencia, la complicidad o si les privaba la carne por encima de todo.

Adentrarse en lo segundo es arriesgarse a caer en consideraciones de mal gusto y peligrosísimas.

Lo sorprendente de este caso es que durante muchos años ha pasado prácticamente inadvertido y que tan sólo el anuncio de una próxima boda ha centrado en estos atípicos novios la atención de los muy apetitosos medios de comunicación y de la morbosa curiosidad popular.

El empresario catalán –o lo que sea– ha aguantado mal la presión, lo cual puede ser comprensible cuando la opinión pública y la publicada te presentan casi como un devorador de pobrecitas ancianas, y ha optado por una salida poco comprensible en atención a la relación que, se supone, mantenía con su amada italiana.

Romper con quien estabas a punto de casarte a través de un comunicado de tu abogado no parece la fórmula más adecuada, pero, en fin, vaya usted a saber lo que había ahí.

El tal Rigau ha sido acusado de engatusar a honradas abuelitas a las que usurpaba sus herencias y eso, siendo, al parecer, falso, se aguanta mal, pero no parece óbice como para que a la acartonada y mítica actriz le brinde otro tipo de explicaciones.

Da toda la impresión de que un castillo labrado pieza a pieza se haya desmoronado de un simple soplido, aunque ese soplido sea el difícilmente digerible de la presión mediática.

Lo peor del caso es que un final de opereta haga cierta la sospecha de muchos de que era, en sí misma, una relación de opereta.

¿Continuará?
 


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