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15 de junio de 2006

Alonso, un triunfador muy distante


Rugieron los motores en Montmeló y rugieron las más de cien mil almas que se agolparon en tribunas y colinas para ver en vivo el circazo brutal de la Fórmula Uno. Yo fui uno de ellos y quedé asombrado, literalmente asombrado de todo lo que rodea una carrera de coches.

Hace cuatro o cinco años apenas pasaban de los veinte o treinta mil aficionados los que se daban cita en ese mismo circuito.

Hoy hay embotellamientos de tres y cuatro horas para llegar a las inmediaciones.

Hay quien hasta llega en helicóptero. ¿De quién es la culpa?

Evidentemente, de Fernando Alonso, el actual campeón del mundo que, además, llegó el primero a la meta del Gran Premio de España en una espléndida carrera.

Sorprende comprobar cuánto saben, de repente, los españoles sobre este deporte: no hay conversación en la que no se comente el mucho o poco tiempo perdido en los boxes por tal piloto o la descompensación de alerones de tal modelo o de la dificultad de la curva aquella que hay que tomar de una manera muy distinta a como lo hacen algunos.

Es tremendo; hace pocos años no sabíamos ni el número de ruedas que llevaba cada bicho de esos y, hoy por hoy, Alonso es el deportista español –si damos por válido que eso es sólo un deporte– más trascendental del momento, habiendo pasado de la nada al todo en apenas un par de años.

Lo cual, por cierto, puede haberle creado algunos problemas de digestión que están haciendo de él una estrella hosca y un tanto borde. No debería caer en ese error, pero parece que está cayendo.

Sus comparecencias en rueda de prensa no suelen ser, salvo alguna excepción, un dechado de cordialidad: se queja de que no puede ir a cenar con su novia a un restaurante o de que constantemente tiene que estar haciéndose fotos con sus seguidores. ¿Y qué quiere?

Reunir a más de cien mil tipos, concentrar audiencias televisivas monumentales, centrar la atención de una industria como la suya, hace que gane miles de millones de pesetas al año, y ello tiene que suponer algún contratiempo.

Uno de ellos es que quienes le brindan su afecto y su ánimo quieran sentirse cerca de su ídolo.

Alonso, como tantos otros deportistas o artistas, forma parte de la vida de mucha gente que aguanta cuatro horas de cola para llegar a una colina a gritar su nombre a sabiendas de que no puede oírles.

Otra cosa es que quiera guarecerse de los pistoleros que merodean por algunos medios de comunicación, pero debería asesorarse para saber distinguir entre la gente y la gentuza.

No es imposible, otros lo han conseguido.

Y han obtenido no pocos beneficios de ello.


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