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6 de junio de 2007

Ay, mi Rocío, un año sin la más grande


Una mujer excepcional en todos los sentidos, en los buenos y en los menos buenos, se separó de nosotros hace ahora un año. Anunció su enfermedad con una entereza y serenidad que hasta los detractores que pudo tener se rindieron ante su grandeza humana. Ataviada de palidez y oro, soportó la misma sabiéndose cabeza de una gran familia a la que no podía desanimar.

Finalmente se borró el relámpago de su rostro y falleció tras una pelea sin renuncia ni miseria.

Rocío Jurado fue a formar parte de las leyendas que hemos tenido la oportunidad de conocer, dejó sus vestidos vacíos, aunque sigan latiendo sin ella, y nuestros corazones con una muesca más, desordenados y aciagos. Ahora que es humo perpetuo, vapor del constante adiós, su ausencia engrandece los perfiles de su memoria. Siendo sólo aire de nostalgia, Rocío sigue tozudamente sin pasar a formar parte de las pequeñas llamas extinguidas en la lejanía. Ni siquiera los mastines que viven de escurrir vidas ajenas pueden borrar la grandeza de aquella voz de bocina de puerto que mecía los sueños y enardecía los deseos. Ni ellos ni los ladrones de velas han podido con su estatura, con su corazón salado de mar abierto.

Un año después acudimos prestos a la ceremonia del homenaje a quien cantó nuestras vidas como nos cantaban quienes nos mecían en aquellos años en los que el chocolate corría por nuestra sangre y los flequillos por nuestra frente. Todo un año para ver marcharse un barco que no acaba de desaparecer por la línea negra de la lejanía. No hay forma. No hay forma de olvidarla. Antes o después abres un cajón del cuarto de atrás de la memoria y surge ella a la derecha de la herida, haciendo, una vez más, que nos despeñemos en su mirada, que nos consolemos en su voz de furia azucarada.

Apasionada, vehemente, generosa, acogedora y poderosa, Rocío es hoy, en el mismo junio en el que se convirtió en vapor de recuerdo y evocación, un punto cardinal en la historia de este difícil arte de emocionar con una puesta en escena, con una melodía, con un drama escenificado, con la entrega de un fragmento de pueblo en forma de tonada.

Nada ya le puede rozar, ni siquiera las mandíbulas enérgicas y robustas de los mordedores de tumbas. Junto a la luna redonda de una España de chanza y mojiganga, y de otra de mesura y miramiento, brillan las luces de quienes jamás acaban de irse, de quienes escribieron las páginas de la agitación en los camisones tibios de los sueños. De entre ellas, inasequible a los ruidos del olvido, sobresale el destello de una mujer de agua salada, de cuerpo entero, de amor eterno. Siempre Rocío.

 


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