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30 de noviembre de 2006

Risto, ¡qué invento!


Los provocadores siempre han sido extraordinariamente rentables en los programas de televisión. Si la provocación es inteligente, y se basa en el trabajo de un tipo especialmente punzante, el resultado es muy provechoso.

A la gente, al espectador, le gusta –nos gusta– tener a alguien en quien descargar algunas iras menores, por ello un provocador viene a ser como un pararrayos.

Risto Mejide, el jurado borde de “Operación Triunfo”, sería el encargado de despertar esa tortilla de odios y afectos que suelen conseguir los provocadores. Su misión en el programa está clara: hay que ser malo, malvado, y no importarle demostrarlo, y hay que aguijonear a los concursantes donde más les duele.

La pose es perfecta, gafas de sol, echado hacia atrás y perdonando la vida. La verbalización no es mala: en alguna ocasión se le va la mano y pasa a formar parte del capítulo histriónico de las caricaturas de sí mismo, pero en general suele ser efectivo en lo que persigue, que no es otra cosa que hundir al concursante.

Éstos deberían saber que en todo programa de espectáculo los papeles están repartidos y que las cabronadas de Risto entran dentro del show, que no hay maldad personal.

Es difícil entenderlo cuando eres un joven que crees que te juegas tu futuro con un concurso de televisión, pero a ellos habría que decirles que, si tienen dentro madera de artista, su camino hacia el éxito no lo pueden abortar todos los “mejides” del mundo juntos.

O. T.” ha cambiado este año, por lo de renovarse o morir: en las primeras ediciones todos eran buenos buenísimos, colegas hasta la muerte; ahora, en cambio, se permiten el lujo de clavarse agujas envenenadas en la espalda y de decirse maldades intoxicadas con polonio.

No hay que alarmarse por la cara de expectación y desamparo que muestran los muchachos cuando se levantan a escuchar su veredicto: en lugar de dejar que parezcan corderos degollados, alguien de su círculo próximo debería decirles que eso va en el sueldo y que forma parte de la mecánica.

Que el tal Risto no es un producto casual, sino una inteligente apuesta por una puesta en escena diferente. Tal es la popularidad que ha obtenido este tipo tan odiado como seguido que hasta Buenafuente en su programa lo parodia con el nombre de “Risto Mejode”.

Él juega, inteligentemente, a no dejarse ver, a no dejarse entrevistar, a crear misterio, lo cual es la mejor manera de crear leyenda. En el fondo, a mí, me hace gracia la gente desagradable. ¡Qué le vamos a hacer!
 


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