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16 de febrero de 2006

Rocío está viva ...y bien viva


Determinadas figuras de carácter legendario, cual es el caso de Rocío Jurado, despiertan tal grado de unanimidad en torno a ellas que la sola noticia de su precario estado de salud despierta una oleada de afecto entre amigos y seguidores que, a menudo, se confunde con la también habitual tendencia al obituario que luce la sociedad española. En consecuencia, algunos amigos y familiares de Rocío han querido ver el ensayo de su funeral en lo que sólo han sido fervorosas muestras de afecto por parte de no pocos articulistas y comentaristas que, sabiendo del bache severo por el que está pasando, han querido enviarle su beso de papel. Diferente es el caso de los que ya hablan en tiempo pretérito en radio y televisión y glosan a Rocío como si ella no fuese a salir del penal terapéutico de Houston en el que está recuperándose de una severa crisis alérgica añadida a su conocido proceso patológico. Habría que pedir una mayor sensibilidad semántica a muchos de los que, volcados en cariño, hablan como si ya no fuesen a verla jamás.
Guardemos los homenajes, que aquí de lo que se trata es de recordarle a Houston que tenemos un problema y que nos lo tienen que solucionar. Y parece que en ello están, aunque nadie debe de ser tan cándido como para creer que simplemente padece un resfriado y que es cosa de dos días volverla a ver en un escenario acarreando su bata de cola y su clavel reventón. Lo más que sabemos es que su proceso tumoral está siendo combatido médicamente por el equipo más preparado del mundo y que su familia la rodea sin fisura alguna. Su hija Rocío, a la que muchos de los que escribimos hemos conocido desde que era un bebé, ha experimentado un salto admirable desde la inconsistencia juvenil a la madurez adulta. No ha mucho años su madre hubo de estar a su lado aconsejándola y abriéndole los ojos ante los errores que, por cosa de la edad, cometía. Estuvo a su lado en enfermedades y accidentes, en soledades y turbulencias y hoy, a los años, es ella, Rocío hija, quien se sienta en el filo de su cama a tomar su mano y acompañarla en la convalecencia de una enfermedad dolorosa e insistente.

Tanto José Ortega Cano como Rocío Carrasco saben que no están solos. La arrolladora marea de muestras de afecto que ha salido de España rumbo a Texas ha llegado hasta la misma almohada en la que se apoya la cabeza de la más grande, hasta el mismo jardín por el que pasea, hasta el mismo sillón en el que descansa, hasta la mano de la familia en la que se apoya. Sabe que la queremos y sabe que la esperamos aquí, en casa, donde el alma se solaza y, en su garganta de diamante, se echa a cantar.
 

 


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