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27 de abril de 2006

La boda del año


Se casa la niña. ¿Otra vez?; otra vez. ¿No ha tenido bastante con las anteriores? Pues se ve que no.

La niña es Carmen Martínez-Bordiú y el afortunado es un fortachón y simpático santanderino recién incorporado a la cuarentena, con quien tiene tratos desde hace un cierto tiempo.

Pocos apostaban, dicho sea, por una relación que más parecía una estampida de ardores pasionales que una serena historia de amor, de esas que empiezan calladamente y acaban ocupando el tiempo entero de los días; sin embargo, sin ningún complejo escénico absurdo, la pareja ha ido ganando terreno y se ha plantado en las puertas de la vicaría para hacer eso que tanto les sigue gustando a los españoles de toda edad y condición: casarse. Por la Iglesia, digo.

Él es soltero y ella, que yo recuerde, es viuda de su único matrimonio canónico, el que la unió a Alfonso de Borbón, con lo que no hay que empezar trámites farragosos en tribunales eclesiásticos. De Christian Lacroix y frente al cura. Sabemos que será este verano y que el escenario será santanderino, esa prodigiosa tierra donde el verde acaba justo en la linde de las aguas.


A sus cincuenta y pico, mira por dónde, va Carmen y encuentra el hombre con quien casarse. ¿Qué tiene José Campos para que la nieta por excelencia quiera formalizar el papeleo sentimental de una boda? Pues ella lo sabrá, pero visto desde fuera es fácil apercibirse de que es un hombre vitalista, alegre, incansable y afectuoso. Luego tendrá sus cosas, pero de entrada no es poco.


Me da la impresión de que la proteica Carmen necesita ser agitada convenientemente: prefiere un rock and roll electrizante a una tarde melancólica viendo llover tras los cristales y el mocetón norteño es de los que le da tres vueltas de campana en cada cruce.


Nada que ver, por lo que sabemos, con sus anteriores esposos: el Borbón era un hombre de gesto en exceso adusto y el anticuario francés parecía, en sí mismo, una antigüedad. Luego, como todos recordamos, llegó Federicci y se ocupó de la arquitectura sentimental de la muchacha durante no poco tiempo, pero no funcionó lo suficiente como para que se dieran el “sí, quiero”. Cogió su petate y se fue a sus obras.


Y llegó este armario de dos puertas. Y le tomó la medida al corazón de Carmen, una mujer que ha hecho siempre lo que ha querido hacer y a la que no le ha importado convencionalismo alguno ni opiniones en contra, fuera la de su padre, sea la de su hijo. Por ello le deseamos éxito y acierto. Que les cunda.

 

 


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