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9 de noviembre de 2006

Julián, enfermo y cautivo, paga sus excesos


 

Nunca puedes reírte del mal ajeno; ni siquiera sonreír veladamente, como hacen a

 

lgunos, mostrando las puntas de los dientes afilados y saciando eternos apetitos de superioridad moral.

 

Yo no voy a hacer chistes con la estancia en la cárcel y en el hospital de Julián Muñoz, ni con la visita a la cárcel de Isabel Pantoja ni con el futuro complicado del que fuera alcalde de Marbella.

 

Muñoz jugó y perdió, y ahora está pagando, como otros, con su libertad y no sé si con su salud.

 

Las primeras salidas de la cárcel estaban ilustradas por una sonrisa que más que desafío anunciaba resistencia; hace pocos días, en cambio, su rostro se veía tocado por el castigo.

 

Hay quien asegura que Muñoz ha ensayado bien ese semblante ya que sabe que una salud quebradiza es lo único que, de momento, puede sacarle de la cárcel.

 

Al haberse dicho tantas cosas, lo mejor será esperar.

 

La vida pormenorizada de la Pantoja y de su novio son motivo de estudio por auténticos exégetas que interpretan cada gesto como si estuviesen descifrando los jeroglíficos del Génesis: según una de las escuelas –la más partidaria de decir que es normal reírse ahora de esta situación, de la misma manera que ellos se estuvieron riendo mucho tiempo de nosotros–  los cinco meses en los que no se han visto son una pormenorizada declaración del estado de las cosas.

 

Me parece demasiado arriesgado aventurarse en conclusiones tan poco documentadas.

 

Es más responsable, creo, establecer la dolorosa comparación del antes y el después de un personaje que ha crecido descontroladamente ante nuestras narices y que pasó de trabajador de la hostelería a convertirse en alcalde de la joya de la corona del sol, con nueva pareja y nuevo nivelón social.

 

Todo le sonreía, la salud, el amor y el dinero, tanto que me he preguntado muchas veces si él mismo no era capaz de prever lo que podía pasarle en cualquier momento: ¿nadie de los muchos que le vitoreaban y le tocaban las palmas tenía dos dedos de frente como para advertirle que los desafíos, antes o después, tienen que rendir cuentas y que exponerse en exceso es siempre contraproducente?

 

Hoy, enfermo y cautivo, Muñoz no puede tener a mano todo aquello por lo que apostó, ni el dinero, ni el amor –al que sólo ha podido acceder tras cinco meses de privación– ni la salud.

 

No es para hacer risitas.

 


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