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13 de mayo de 2007

El Príncipe de las Tabernas


Socarrón, descreído y permanentemente rebelde, recorría Antonio Garmendia las tabernas de Sevilla desde que así le dieran las doce en las campanas de la Giralda hasta la hora de comer. Lo conocía gracias al elemental tránsito de las ciudades pequeñas, ese que permite que se haga cierta la expresión de «aquí nos conocemos todos» y que convierte la circunstancia de los encuentros en el milagro de los descubrimientos.

Una mañana en la barra de Morales, cruce de caminos de nuestros comunes paseos, le sugerí que colaborara conmigo en extender el manto del buen gusto sobre esta pradera contradictoria que es la radio matinal. «¿Y qué quieres que haga, sobrino?», me preguntó. «Lo que tú quieras, carnes mías», le contesté. Y lo hizo aproximadamente durante doce años. Durante ese tiempo llenó las mañanas de este viejo país de fábulas nacidas de su desbordante capacidad de observación y análisis, de poemas deconstruidos, de recetas imposibles y de cánticos apasionados.

Tarareaba la música clásica con una precisión envidiable e hizo de la palabra ‘¡control!’ algo más que una seña de inicio de sus peroratas. Llegaba una hora antes a las salidas del tren, como los viajeros muy antiguos, y dos horas a las de avión, del que no era muy amigo. Bebía el vino de Valdepeñas con «terrones de nieve», que eran en realidad un par de cubitos muy sólidos, y comía poco, muy poco.

Su pasión era la Semana Santa y decía no creer en Dios; abominaba del deporte y fue campeón de España de los 400 metros en relevos; no le hacía ninguna gracia el mar ni la playa y fue marino en la Armada; no soportaba a los niños y les hacía, por ejemplo, poemas maravillosos; escribía pestes de su suegra y la adoraba; era izquierdosón y ponía a parir al Gobierno de ahora; detestaba la Navidad, pero se enternecía con un villancico o un nacimiento.

Podía pregonar todo lo que se le ponía por delante y hacerlo de forma muy convincente, fuera fiesta patronal, fuera congreso profesional, fueran juegos florales; eso sí, era imprevisible: en un delicioso pregón en la capilla del Rosario levantó la vista de los papeles en los que hablaba apasionadamente del Miércoles Santo sevillano para preguntar con toda seriedad: «¿Alguien sabe cómo va el Betis?». Antonio era muy bético, tanto que acostumbraba a decir que a él no le gustaba el fútbol, lo que le gustaba era el Betis, como a la mayoría de los aficionados de ese equipo. Pertenecía a esa Sevilla que se ha difuminado tras la desaparición de sus moradores más egregios, esos que describió con finísima precisión en su libro La Taberna del Traga, irrepetibles Vicente y Eduardo, Balbontín, Amós, protagonistas de la gracia, la que se llevaron consigo dejando una ciudad distinta. Precisamente en esta ciudad en la que madura el desamor se adivina el paso decidido de una sombra fugaz camino de cualquier taberna de mostrador de madera.

Dicen quienes gozan de percepciones extrasensoriales que es un espíritu inquieto con una libreta en la mano. Lleva sombrero y amuleto y cruza las calles como una exhalación. No nos cabe la menor duda de que es él, Antoñito Garmendia, ahora que su sangre se hace polvo, sangre de cal y de vino, sangre de lágrimas lentas. Su ausencia, vista desde aquí y desde ahora, es el dolor entero, el que nos llena el pecho de ruidos. Ha dejado su cuaderno abierto por la página del día 25 de abril, su cama sin hacer y sus ropas sin vestir. Ha dejado el aire sin sus sílabas de arcilla. Y nosotros, los que lo acompañábamos al fondo de las barras con la secreta aspiración de apropiarnos de parte de sus destellos, todavía sentimos el golpe seco en el estómago. Hasta el agua del mar tiene u


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Comentarios 2

05/12/2007 13:27:18 Matxalen
29/11/2007 11:25:33 J. Quesada
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