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30 de diciembre de 2007

La guerra de Esther Tusquets


El título es prometedor. El relato no desmerece. Habíamos ganado la guerra es el retrato fiel de una familia del bando vencedor. Escrito con una naturalidad apabullante, el libro de Esther Tusquets, de puro sencillo se hace conmovedor. El fresco que dibuja acerca de la burguesía barcelonesa con su castellano de curso legal es, sencillamente, perfecto. No necesita exagerar el estilo ni buscar permanentemente el arabesco que adorne un relato, por otra parte, sincero. Efectivamente, la guerra no la perdieron todos: hubo muertos en ambos bandos, injusticias y desmanes por parte de unos y otros, pero, al fin de la contienda, unos ganaron y otros perdieron. Los que perdieron callaron, se escondieron o se fueron y los que ganaron gozaron del placer de la victoria en una España deprimida y depauperada. Entre ellos estaban los Tusquets, familia barcelonesa que, como tantas otras, desmiente la falacia recreada según la cual la guerra civil fue una contienda que enfrentó a catalanes contra españoles. Unos catalanes perdieron la guerra y otros distintos la ganaron y celebraron largamente la entrada de las tropas franquistas en la capital.

Entre ellos estaba una niña tímida que, con los años, habría de ser una excelente editora y una más que aseada escritora, hija de una casa sombría de la rambla Cataluña y de una familia con todos los ingredientes para convertirse en paradigma de la gente exquisita y rara que poblaba el centro de la ciudad. El padre, médico de profesión y hombre ecuánime y sensato a los ojos de la autora, llegó a confesarle a Esther lo muy duro que le había resultado comenzar desde cero tras la contienda civil enfrentándose a una situación durísima: la autora reconoce que tal vez sí, pero que la situación durísima incluía un piso de doscientos metros en el centro de la ciudad, dos muchachas de servicio, coche, casa de veraneo en la costa, abono en el Liceo, salidas a esquiar, colegio extranjero y otras fruslerías más. Era una miseria relativa, como explica Tusquets, en una España en la que la gente pasaba hambre.

El desparpajo intelectual y la naturalidad con la que cuenta su infancia, sin necesidad de pedir perdón por situaciones que le venían heredadas y que analiza con una integridad inusitada, hacen de este libro un relato enternecedor de los años que median entre el 36 y el 56. Cuenta Esther que si se presta a escribir sobre los años que siguen debería hablar y descifrar a demasiada gente que aún anda viva por ahí, lo que la llevaría a ser excesivamente severa. Basta, no obstante, con el relato acerca de los avatares de una clase social adicta al Liceo barcelonés, tan lleno de crudeza, o de aquel pariente que dispuso un biombo tras su silla para que el aire que levantaba la doncella que servía los platos en la mesa no le provocara molestia. Es fascinante el retrato del servicio doméstico de la época. Lo eran las sirvientas que se confesaban comunistas en la intimidad –y que atiborraban a la familia de ensaladilla rusa mascullando en voz baja: «Así os acostumbraréis a lo que os espera»– o las que, llenas de normalidad, decían: «Ha llegado un señor», cuando anunciaban la presencia de alguien tras el toque del timbre: provocaban carcajadas entre las señoras de la casa cuando una volvía de comprobar que así era y decía entre risas: «Qué tontería, no era un señor, era un hombre».

Falangista, católica y, con los años, comunista del PSUC, Esther dirigió la mítica editorial Lumen y escribió interesantes libros en alguno de los cuales se vislumbra la difícil relación con la madre de sus días y sus noches. La sinceridad con la que se evoca esa piedra angular de su vida es notable. Todo lo que ha tocado esta interesante mujer está tintado de ese aire elegantemente desvaído que adorna a los barceloneses de toda la vida: el libro es tan delicioso como valiente y la ausencia de complejos con los que está narrada su vida, en los tiempos que corren, se hacen dignos de aplauso. Si tienen unas horas, dedíquense a él.

PD: la caravana de Tony Manero se dirige hacia Utrera, la bella y equilibrada localidad sevillana que habrá de ver este fin de año la fiesta temática dedicada, en homenaje, a Deborah Kerr. La elegancia de los fascinantes años 50, cuando Manero estaba en trance de nacer, será capítulo de pronta aparición. Feliz 2008, que tiene rima, como es sabido.


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