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23 de diciembre de 2007

El caso de Joan Ferran


Joan Ferran es un diputado socialista en el Parlamento de Cataluña al que supongo que no le hará ningún favor que yo le dedique este artículo. Hace algunos días, en declaraciones a un periódico barcelonés, vertía sensateces varias acerca de la manera de afrontar la realidad que tienen los medios de comunicación públicos dependientes de la Generalitat catalana: se dolía del sectarismo con el que era abordada cualquier cuestión política o social, desde el fútbol hasta el tiempo pasando por las elecciones, y del modelo único de sociedad que proclamaban y preconizaban los diversos gurús mediáticos que encabezan los diferentes programas de radio y televisión. Hablaba Ferran, concretamente, de la costra nacionalista que hacía posible que se supiese el tiempo que iba a hacer en Alicante, pero no el de Madrid o el de Fraga, en la franja aragonesa vecina a Lérida. Hablaba de la visión permanentemente soberanista de todos sus comentaristas; de la manía de no rotular las ciudades en su lengua original –Cádiz es Cádiz, no ‘Cádis’–; del absurdo destierro de la palabra ‘España’, que es un concepto real, vigente, que todo el mundo entiende, obligando a la permanente pirueta para pronunciar el eufemismo ‘Estado’, que es una cosa distinta. Podríamos añadir muchos más ejemplos.

El único equipo merecedor de la catalanidad suprema es el Barça; los socios del Espanyol, el segundo equipo en seguidores de Cataluña –no digamos los catalanes seguidores del Real Madrid, que son muchos–, tienen justificadas razones para considerarse marcianos. Es decir, sostiene Ferran que resulta injusto que se exija a España la pluralidad literal de su sociedad y se considere, en cambio, a Cataluña como una singularidad de modelo único.Esa costra vendría a tapar las muchas y legítimas sensibilidades existentes en el antiguo Principado: hay una forma de ser ciudadano, según los medios públicos que construyen la Patria día a día, y quien no se comporta siguiendo esa pauta no es el buen catalán que tendrá derecho a sentarse a la vera del Padre en el paraíso nacionalista.

Para qué queremos más. Se han tirado a su cuello con la furia de las alimañas, cosa, por otra parte, habitual y esperada por la afición. Jordi Pujol, reciente adalid de la independencia (o quizá no tan reciente) y responsable de que el caldo de la corrección política haya llegado a cualquier rincón de la expresión pública y privada, creador asimismo de esta costumbre de educar a los catalanes sobre cómo deben ser y cómo deben comportarse ante todos los ámbitos de la vida, lo ha llamado «sectario», lo cual, viniendo de quien viene, es, cuando menos, pintoresco. «Anticatalanista», «caballo de Troya», «botifler» y «gerente del autoodio» son las expresiones más habituales con las que la chusma nacionalista se despacha en tu contra en el caso de haber utilizado la libertad de expresión para denunciar sus demasías.

A Ferran lo han llamado eso y más cosas, y quedará para bastante tiempo estigmatizado como el cómplice del enemigo exterior, esa figura tan recurrente para los pequeños dictadorzuelos de sociedades adormiladas. Poco importa su currículum catalanista o su larga ejecutoria a favor de las libertades y el progreso en Cataluña: a poco que se descuide será responsable del caos de Cercanías o de los atascos del centro de Barcelona en Navidad. Ferran es militante del PSC, partido sometido al tormento de gobernar con socios como ERC y al de ser socio del PSOE y, a la par, tenerle que reclamar por todos los desastres que ocurren en el territorio. Puede censurarse el giro hacia el nacionalismo que alguno de sus miembros ha realizado durante los últimos años –ahí tienen a Maragall–, pero, hoy por hoy, la presencia de Montilla –y de algunos Ferranes más– es el único cierto freno institucional a la espuma absurda en la que se ha instalado el llamado ‘soberanismo catalán’.

Ha sido una pena que la grey nacionalista, tan unida, tan sectaria, tan irritada, no haya querido debatir acerca de este asunto despertado por el portavoz adjunto de los socialistas. Hubiera sido clarificador, pero han preferido el exabrupto, es decir, ser fieles a sí mismos. Una pena.


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