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20 de septiembre de 2009

STONE, EL IDIOTA


El gusto por los dictadores de izquierdas, tan propio de los euroidiotas y del no menos idiota latinoamericano, llega también hasta el norte del continente del otro lado del mar. Hugo Chávez, militadorzuelo metido a chimpancé, acaba de cautivar al cineasta Oliver Stone. No sorprende el flechazo: Stone ya cayó rendido a los pies de Fidel Castro cuando concluyó el par de publirreportajes que rodó en la isla al servicio de la causa revolucionaria. En aquellas ocasiones, el director neoyorquino le realizó un largo masaje al tiranosaurio cubano y reconoció haber quedado fascinado por el paraíso político surgido de la larga dictadura castrista. Evidentemente, la fascinación por Chávez era cuestión de poco tiempo: en la Mostra de Venecia ha tenido los santos atributos de presentar un nuevo y valioso documental hagiográfico de tal personaje y de alguno de sus secuaces compañeros de aventura izquierdista extrema. Sudamérica se ha convertido en un parque temático para los nostálgicos de los regímenes de eternas revoluciones pendientes: les causa un delirio indescriptible comenzar el viaje por la Nicaragua del ladrón y violador Daniel Ortega, seguir por la Bolivia del agreste Evo Morales y concluir en el Ecuador del iluminado Rafael Correa. Si de paso le echan un vistazo a los peronistas y peligrosos Kirchner, la felicidad es completa. Por supuesto, Venezuela, el laboratorio del momento, el motor del socialismo americano, no puede faltar. A idiotas como Stone, la izquierda que le interesa no es la sensata y contemporánea izquierda de Chile o de Brasil, sino la fanática izquierda que sigue teniendo su vaticano en La Habana. Y de países como Colombia, de lejos el más serio y estable, aunque acuciado por el narcoterrorismo de los amigos de Huguito, ni hablemos. Indudablemente, tener a un energúmeno del tamaño de Chávez como objeto de estudio y poder estar cerca del mismo para hacerle actuar en exclusiva en un largo panfleto fílmico resulta tan atractivo como privilegiado. Usted actúe y yo pongo la cámara. Todo el histrionismo de un chalado del tamaño del ex paracaidista venezolano es poco menos que un tesoro para un retratista de sensaciones fuertes como el amigo Oliver: igual se pone a saltar que a cantar a voz en grito, y eso es muy fílmico, muy expresivo. Stone, como ese puñado de intelectuales de intelecto asimétrico que sólo tienen ojos para un campo de visión, es el tonto útil que siempre han tenido a su alcance los dictadorzuelos. O los grandes asesinos, como Stalin, que, a pesar de esquilmar al pueblo ruso, encarcelarlo, torturarlo, deportarlo y fusilarlo, siempre tuvo un poeta a mano que le cantara las excelencias. Neruda, sin ir más lejos: ¿cómo se compagina ser un delicado e intenso poeta y, a la par, adorar a un salvaje tirano?

La más que apreciable obra fílmica de Oliver Stone no se corresponde con ese papel de baboso de cámara de tipos como los anteriormente mentados. ¿Se puede por igual crear algo tan sólido como Platoon o JFK –o como la cinta dedicada a The Doors, con un curioso Val Kilmer en el papel del siempre deseado Jim Morrison– y a la par morir de fascinación por un payaso como Chávez o por un caudillo déspota, opresor y empobrecedor como Castro? Él, al que tanto le inspira la guerra de Vietnam, en la que peleó y a la que tanto metraje de película ha dedicado –de la que ha logrado transmitir la idea de brutalidad, la de la presencia absurda de lo mejor de la juventud norteamericana parte de la cual volvió en ataúdes–, podría reflexionar acerca de los muchos jóvenes cubanos muertos en la no menos absurda guerra de Angola, en un conflicto que ni le iba ni le venía a Cuba, a la que Castro dedicó ingentes cantidades de dinero, esfuerzo que restó a partes productivas del país que bien lo necesitaban, y a la que envió lo mejor de un par de generaciones de hombres. Angola sería un buen argumento para una cinta de Stone, en lugar de esas aburridas entrevistas a sus líderes amados en las que no se sabe qué es peor, si las preguntas del idiota o las respuestas del canalla.


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