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17 de febrero de 2008

Los placeres de Agapito


Agapito Mestre es un tipo raro: es culto, instruido, estudioso y habla alemán. Si esto último es meritorio entre los propios alemanes, en el caso de un sujeto de Puertollano se me antoja un auténtico milagro. Es catedrático de filosofía, o lo era hasta que fuera desposeído de su cátedra por resultar incómodo intelectual y políticamente a la autoridad supuestamente académica, y alumno y amigo de Habermas, cosa que parece haber sido todo el que ha estudiado filosofía en Alemania, pero que, ciertamente, sólo ha estado al alcance de unos cuantos.

Es un hombre libre, de criterios libres y políticamente incorrectos, lo que hace que a nadie extrañe que tenga que sortear las incomodidades propias de quien señala las incongruencias morales e intelectuales de su tiempo con la aspereza de la insobornable libertad de criterios y pensamiento. A un tipo así le confié hace tiempo que nos recomendara a los oyentes un par de lecturas o tres a la semana. Fue demoledor, evidentemente. El mandato de «quitarle miedo a los libros y, especialmente, a determinados libros» lo cumplió con creces y nos dejó algunas perlas que hoy cultivo con dedicación. Ejemplo: que nos asusten algunos clásicos griegos es comprensible, pero que nos asusten clásicos españoles como Galdós o Valle-Inclán es descorazonador. Galdós, sostiene Agapito, es uno de los ninguneados más relevantes de la cultura española contemporánea sobre cuyo perfil de Tocqueville se tendieron y tienden sombras y maldades. Don Benito fue, a decir del autor del libro El placer de la lectura –el que nos ocupa–, el autor que mejor ha reflejado nuestra compleja y decadente esfera pública política. Nos aconsejó Misericordia y su lectura nos conmovió. Galdós vivió la historia de España y la escribió para hacerla madurar y, además, nos enseñó que una sociedad incapaz de imaginarse de otro modo es una sociedad cerrada y cercana a la extinción o a la locura. Hay ejemplos contemporáneos muy aproximados a ese vaticinio.

Y de Valle, ¡ay, de Valle!, qué decir: su vida ya es una literatura para la concupiscencia. Nadie ha conseguido igualar la fabulación sobre su propia vida, señala el filósofo. Añado que aún perezoseo alguna tarde en la deslumbrante biografía sobre Valle que escribió otro genio de trazo fino, Ramón Gómez de la Serna, esa en la que el entretenedor de las greguerías retrataba al autor de Tirano Banderas a través de la frase que le espetó al médico que estaba a punto de practicarle una transfusión de un escritor voluntario que había acudido a auxiliar al genio: «De eze no, de eze no, que tiene la zangre llena de gerundioz».

Baroja, por cerrar la trilogía, es objeto de su pasión: una edición de novela inédita sobre la Segunda República y la Guerra Civil le permite afirmar que la suya es la visión del espectador escéptico alejado de cualquier sectarismo ideológico, razón por la cual su paso ha sido discreto ante el derroche de atención mostrada por los medios a las novelitas llenas de «faramalla ideológica» que han poblado hasta la náusea la actualidad editorial.

Tras ellos tres, ortodoxos de toda condición y heterodoxos –tal vez su debilidad– como Aquilino Duque. Y Zambrano y Ortega. Y epistolarios. Y biografías. Y confesiones y memorias.

En este delicioso volumen de Editorial Oberón, presentado recientemente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y en la librería Beta, de Sevilla, Agapito nos aconseja qué leer y nos explica cuál es la razón para hacerlo. No es un libro de crítica literaria ni de exhortación pedante; es una invitación a vivir sin miedos, a vivir otras vidas, a salir de su lectura con otro cuerpo y con otro espíritu; a apercibirnos de que, sin libros, la carnalidad de nuestro intelecto corre el peor de los peligros: la atrofia.

Montaigne, me atrevo a señalar en el prólogo, el filósofo francés amante de la buena vida, mantuvo que del trato con los amigos, las mujeres y los libros son los últimos los que mejor parados salen. Grandes placeres nos dan los tres, pero, a juicio del sabio escéptico, el tercer trato es incomparable con los otros dos, porque aquéllos son fortuitos y dependen de circunstancias incontrolables. Háganse, pues, un apaño con este volumen y verán como ganan un amigo peculiar.


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