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27 de enero de 2008

Entre la Oti y YouTube


Me viene que ni pintado el invento de YouTube, el megaportal de vídeos de Internet, el saco sin fondo de chorradas o genialidades particulares y archivos varios. Tantos años buscando viejos festivales de Eurovisión –del que he sido un gran seguidor– y añejas ediciones de la OTI y hoy me las encuentro fraccionadas, para mi deleite, una detrás de otra en el portal de marras.

Buscaba a Louis Neefs, un malogrado cantante belga que actuó en la célebre edición del 69, aquella de Laura Valenzuela y el Teatro Real de Madrid con Salomé vestida de azul y con Los Valldemosa diciendo «Hey» al fondo de la pantalla, y hete aquí que no sólo aparecía ese vídeo, sino también su actuación en la edición del 67. Gran sorpresa.

Ya puestos, me entretuve en echar un vistazo a los archivos eurovisivos y pasé una tarde de lo más entretenida: Micki, por aquí; Peret, por allí; Karina, por este lado; Pasaporte a Dublín, por este otro. Pero grandeza, lo que se dice grandeza, siempre he acabado buscándola en los festivales OTI de la canción, ese invento que arrancó en España en el año 72 y que murió recién metidos en este siglo con una excusa que se buscó la organización para no montarlo más.

La OTI fue sublime, surrealista, demodé, ingenua y conmovedora: permitía conocer a artistas inverosímiles y nos llevaba de la mano por el túnel del tiempo televisivo repleto de presentadores maravillosamente redichos y realizadores tan relamidos como creativos. A menudo los presentadores se odiaban y no lo disimulaban, como en la última edición en Paraguay; otras veces sobresalían por su gran profesionalidad, como el sublime y elegantísimo Raúl Matas o el siempre perfecto Juan Alberto Badía; en las más se limitaban a poner entusiasmo a unos guiones que les escribían desde las cavernas del género y en los que el chico decía el autor de la letra y la chica, el de la música. Y, luego, los cantantes: ojo, que por esos escenarios pasó de todo, desde Juan Luis Guerra a Ricardo Arjona, desde Marisol a Francisco, pero no se me va de la cabeza un salvadoreño de nombre Walter, que acudió dos veces, que cantaba justificando su ajusticiamiento y que gesticulaba como si estuviera aparcando los aviones en el aeropuerto de Barajas. Aquel año tuve la suerte de transmitir el festival para Televisión Española –el cenit de mi carrera, sin duda– y recuerdo que este comentario no fue bien interpretado por algunos representantes consulares de mi muy querido El Salvador. Tampoco se acabaron de entender los referentes a Honduras, Guatemala, Panamá, Venezuela, Costa Rica y Ecuador, con lo que aprovecho ahora para pedir disculpas a los consejeros de Cultura de las respectivas embajadas, pero eran notas verbales sin malicia y que procuraban atraer al mayor número posible de espectadores para una causa que hay que mirar con un cierto y prudente distanciamiento. Nunca agradeceré suficientemente a mi llorada Pilar Miró que me dejara transmitir las ediciones de Argentina 1988 –con la insuperable Pinkie, siempre al ataque, oficiando de diosa en el Teatro Colón de Buenos Aires– y Las Vegas 1990 –con esas cascadas imposibles llenas de romanos de dos metros, mármol de pega y estatuas de cartón piedra–. Hubo un tiempo en que las cintas de ambas ediciones se movían bien por los ambientes del surrealismo español: el caso es que tengo una de ellas y cualquier día la cuelgo en mi web. Precisamente tras la edición norteamericana debió de producirse alguna pequeña queja de los organizadores, porque ya no se me puso nunca jamás al teléfono ninguno de los productores españoles de la transmisión y se comenta que en la oficina colgaba una foto mía atravesada por agujas de colores. «Vade retro», debieron decir, y no era cosa de molestar a Pilar con estas cosas, que bastante tenía con defenderse de los mamarrachos que le hicieron la vida imposible desde las cloacas de la mierda de política de este país de mamones. Pero que no pudiera ir no quiere decir que dejara de interesarme el evento, antes al contrario la noche de la transmisión era una fiesta en casa, donde un grupo de amigos exégetas de la belleza difícil nos reuníamos para ver religiosamente, con su fórum posterior, cada detalle del festival. La desaparición del mismo nos llenó de vacío, que es una figura difícil en sí misma, pero que hace que se entienda lo que quiero decir. YouTube me ha sacado de este largo tránsito por la pena y la ausencia. Lástima que no se puedan descargar directamente los vídeos en tu ordenador, porque me hinchaba a copias privadas, pero me consuelo pensando las tardes que me esperan delante de la pantalla, ya que no puedo estar detrás.


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Comentarios 1

28/01/2008 16:45:14 Ignacio
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