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25 de enero de 2009

TONY MANERO EN VIENA (Y II)


Para un muchacho de Brooklyn recriado en Mataró, asistir a una ópera en Viena es como para un coreano vivir intensamente una zambomba de Jerez en pleno barrio de Santiago: un exotismo sin límite. Viena le pareció a Tony una ciudad sin acabar de desmontar, sin que haya dado tiempo a llevarse todos los palacios o a difuminar el espectro permanentemente paseante de Sisí. El frío de Viena es un frío cortante, centroeuropeo, ventoso e inesperado, de los que te asaltan en las esquinas de los números pares y te persiguen hasta la mesa de los cafés en los que Zweig se emborrachaba antes de horrorizarse con lo que estaba por llegar. Un mundo de ayer. Memorias de un europeo es el retrato de la mejor Viena que se conoció en años recientes: Stefan Zweig describe en él la sociedad perfecta, aquella Austria pacífica en la que la seguridad y la civilización eran pan de cada día, aquella Europa sin pasaportes capaz de progresar en las artes y las ciencias como nunca antes había hecho la humanidad. Pero en aquella misma Viena se pasó de la creación cultural de los últimos Habsburgo a la miseria social de una Europa filonazi en la que se prohibía a los judíos sentarse en los bancos públicos de los parques. Todo se derrumbó tras la Primera Guerra Mundial –esa que Zweig explica bien en su libro– para desembocar en un tiempo de odios y revueltas que Tony aprendió gracias a la lectura de un soberbio Diario de Berlín, de William Shirer, corresponsal de radio norteamericano que sorteó la censura del Tercer Reich y permitió que el mundo conociera la tortura de la nueva Alemania de Hitler merced a unos relatos pormenorizados de la dictadura inaudita que emborrachó parte de la primera mitad del siglo XX. Caminando por el Ring, el anillo básico que rodea el centro de la ciudad y que se asemeja a un palacio corrido, aquí María Teresa, aquí la Ópera, aquí el Palacio de Invierno, aquí Francisco José, aquí el Parlamento, aquí la Bolsa, un rey de la pista como Manero entendió que el vals puede en ocasiones sustituir a los primeros compases de Staying alive. De hecho, la obertura de Die fledermaus –`El murciélago´– no tiene nada que envidiar a la música de los hermanos Gibb, tan hermanos como los Strauss, sólo que de otro tiempo y de otro tempo. Buscaba Manero un lugar donde saborear la espléndida colección de salchichas de a palmo que se venden en puestos callejeros, pero para comérsela sentado, al abrigo de una buena calefacción, con vaso de vino y generosa de mostaza. Tarea inútil: si lo pides en cualquiera de los muchos y típicos restaurantes vieneses de aquí te pillo aquí te mato, te miran con cara de asistir a un parto de nalgas: la salchicha, de pie y al raso. Por cierto, en Viena se fuma con normalidad en los sitios: una parte para los que sí, otra para los que no.

Pero Manero había ido al Concierto de Año Nuevo con la intención de palmear como medio mundo la Marcha Radetzsky, pero en vivo. Barenboim escenificó un concierto vibrante, más alegre que los de Kleiber o Maezel, menos doctoral que los de Abbado, más cómplice que el de Karajan. El repertorio lo selecciona el director, aceptando quizá alguna sugerencia de la orquesta –cada Strauss tiene más de cuatrocientas obras, con lo que hay para elegir–, y tiene un año o así para prepararlo. El argentino con pasaporte israelí y español conquistó a un público de normal generoso y entregado, algo turístico, pero trufado de elementos con colmillo retorcido, como el vienés que se sentaba a la izquierda de Manero que decía por lo bajini que a Barenboim se le daban mejor los valses que las polcas, que estaba demasiado metido en kilos y que sería polifacético y comprometido, pero que un director de la Filarmónica no podía sudar tanto. A otro argentino, Carlos Kleiber, su ídolo, jamás se lo vio enternecerse ni transpirar. Tomó nota Manero: soberbio el oboe y la sección de cuerda, definitivamente, la mejor del mundo.

Tony sólo lamentó no haber podido escuchar los comentarios de Pérez de Arteaga, el locutor que transmite el concierto para TVE, del que es un seguidor enloquecido. Saliendo del Musikverein lo esperaba un atasco importante en el tráfico aéreo con Barajas y, si acaso, una visita rápida a la catedral de San Esteban, Stephansdom, en la que Dios se asemeja más que nunca a una exhalación medio gótica y medio románica.

Manero volverá a Viena, pero en verano. Por el vuelo de sus pantalones campana entró demasiado aire helado camino de ninguna parte.


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