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29 de marzo de 2009

LAS FASCINANTES HERMANAS NOEL


Las hermanas Noel lo tenían todo. Las cinco hijas de Walter y Mónica crecieron en el seno de una familia acomodada que con la perspicacia financiera de su época pasó a ser una familia riquísima. Walter, el padre, conoció a un financiero de éxito notable con el que instrumentó negocios de inversión que le rentaron millones de dólares durante muchos años. El rostro luminoso de los muy ricos alumbró la cara de las cinco bellas hermanas, Corina, Lisina, Marisa, Arianne y Alix, quienes se mudaron con sus padres a Greenwich, Connecticut, donde se constituyeron como las cinco rosas más preciadas del rosal. La mansión era visitada por los cronistas de Vanity Fair, en cuyas páginas aparecían las bellísimas hermanas vestidas de blanco jugueteando y riendo en la hierba. En el esplendor de la hierba, evidentemente. Estudiaron en las mejores universidades americanas y se casaron convenientemente con hombres de provecho. Sus veraneos en Southampton eran carne de envidia, cuando no de cierto escándalo por parte de los muy selectos vecinos de Long Island, esa lengua de tierra donde los neoyorquinos más privilegiados tienen sus grandes casas de descanso o primera residencia. Salían las hermanas Noel en sus descapotables con la permanente risa en sus perfectas bocas camino de los lugares de diversión. La belleza y la simpatía en movimiento. El New York Times anunció la boda de cada una de ellas y las revistas de sociedad se rendían a los pies de una familia tenida por muy elegante y refinada. Ningún divorcio, por supuesto, entre los cinco matrimonios. Bien vestidas, bien educadas y bien casadas, como decía el rotativo, han tenido varios niños muy rubios, muy juguetones y preciosos. La otra casa de verano estaba en Palm Beach y la otra –hay otra–, en la caribeña isla de Mustique, lugar preferido para esas fotos más informales y siempre elegantísimas que han venido publicando los medios más selectos durante estos últimos años. Walter Noel y su esposa Mónica han tenido siempre merecida fama de ser personas encantadoras y de una bondad a prueba de bomba. Desde que él se jubiló –cuenta con 78 estupendos años– dedicaba sus horas a jugar al golf y a darse un paseo por sus oficinas en el corazón financiero de Nueva York. Sus hijas, repartidas por el mundo, vuelven por Navidad a casa y confeccionan los christmas más célebres de todo el Estado. ¿Qué más se puede contar de una familia con todos los números para ser la más envidiada de los Estados Unidos?

Pues que todo esto era válido hasta hace pocos días. Los padres siguen siendo encantadores; las hijas, bellísimas e inteligentes, pero la familia y el negocio se han venido abajo. Aquel hombre que Walter conoció y con el que trabó importantes y duraderas operaciones financieras se llamaba Bernardo Madoff. La mayor parte de la fortuna de los Noel, evidentemente, estaba invertida en productos piramidales de Madoff y esta semana todas las publicaciones económicas norteamericanas –y también las de sociedad– confirman el final del sueño. Los Noel no van a tener que vivir de la caridad pública, evidentemente, pero ya no son ricos. La hija mayor, Corina, se casó con un financiero colombiano de exquisitas maneras y se instalaron en Madrid, donde éste, Andrés Piedrahíta, ha representado la firma que ahora los ha hundido en la perplejidad y en la bancarrota. Ni su casa de Puerta de Hierro, su finca de Mallorca, su gran apartamento de Nueva York, su avión privado Gulfstream ni su yate de 150 pies servirán para consolar este terremoto en su fortuna. Las reclamaciones internacionales se sucederán y las acusaciones a Noel, también. Sus vecinos ya no los encuentran tan encantadores y muchos de ellos están horrorizados por tenerlos en el mismo barrio. Desde el día en que vieron, perplejos, por televisión la noticia de la detención de su socio Madoff, la vida ha pasado de ser un bálsamo de ensueño a una pesadilla insoportable. Ya no será Vanity Fair quien acuda a fotografiar a hijas y nietos. Hasta puede que empiecen a decir que las hijas no son tan guapas como parecían.

La desgracia invita a la adhesión. Cuando empiecen a saborear esa cierta soledad escénica en la que te dejan los egoístas y los interesados, que sepan que un columnista español se acuerda de ellas y que les brinda, humildemente, su solidaridad. Aunque no les sirva para nada.


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