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4 de octubre de 2009

GENERACIÓN MAO


A todos los maoístas que no sólo no se arrepienten de su pasado, sino que se niegan a una revisión mínimamente crítica del mismo, les conviene, como un plato de sopa caliente a un recién rescatado de un alud de nieve, la lectura de este demoledor libro titulado Generación Mao. No es un panfleto, como sería del gusto de aquellos que aún creen en una ensoñación igualitaria e inevitablemente represora, ni es un ensayo político de los cientos que inspirara cualquiera de los caprichosos y criminales inventos sociales del maoísmo: es el relato en primera persona de unos pobres chinos víctimas de la llamada `Revolución Cultural´ que hasta ahora jamás habían sido preguntados por aquella década sombría en la que los Guardias Rojos sembraron el pánico mediante el extremismo más gratuito y salvaje. Mao impulsó alguna que otra ocurrencia tramposa a lo largo de su dictadura comunista: en los cincuenta creó el llamado `Movimiento de las Cien Flores´, consistente, en teoría, en hacer florecer cien, mil, decenas de miles de pensamientos críticos para mejorar el sistema político, pero que, en realidad, no era más que una treta para deshacerse de disidentes intelectuales y artistas, a los que reprimió, encarceló o, directamente, mandó asesinar. Lo siguió la Revolución Cultural, uno de los horrores colectivos más enormes de la historia moderna de la Humanidad, en la que se revistió de un intento renovador de las viejas costumbres de China a una simple lucha por el poder. Mao Tse-Tung había fracasado en el ensayo económico llamado El Gran Salto Adelante, que no hizo más que empobrecer aún más al país, y desencadenó una furiosa represión encomendada a los Guardias Rojos mediante la cual deshacerse de viejas costumbres y viejos hábitos de pensar. Y, de paso, de no pocos enemigos políticos, uno de ellos el represaliado Deng Xiao Ping, más tarde líder de la nueva China nacida tras el colapso de las secuelas de aquellos años. Los jóvenes e ignorantes guardias arrasaron monumentos, bibliotecas, escuelas, apresaron a maestros y educadores, detuvieron a cuadros del Partido sospechosos de connivencia remota con el pasado o de poca fe revolucionaria y devastaron pueblos enteros durante nada menos que casi diez años. La familia de Xinran Xue, la autora del libro, fue una de las víctimas. Los padres fueron encarcelados –lo eran muchos por cualquier sospecha o cualquier delación interesada– y los hijos se criaron en la calle, bajo la custodia teórica del Ejército Rojo. A aquellos chinos de los cincuenta y sesenta es a los que ha entrevistado Xinran, chinos silentes y poco habladores, sufridores y resistentes, resignados de por vida y marcados por el horror de décadas de dictadura cruel e inoperante.

No hay archivo oficial de aquellos años. Es como si se hubiese borrado un pasaje fundamental de la historia china. Puede que algunos esnobs maoístas europeos también hayan querido borrar de su disco duro el haber sido voyeurs de aquella barbaridad, pero este libro les refrescará la memoria. El señor Yu, que fue detenido, torturado y encarcelado por poseer en su despacho un aparato de radio –los guardias creían que mediante ella se ponía en contacto con Moscú, repentino enemigo tras la muerte de Stalin–, o la Mujer de las Dos Pistolas son ejemplos del relato periodístico de Xinran. Esta última, mujer que luchó con los comunistas contra los japoneses y que disparaba con las dos manos, fue represaliada por la denuncia de una vecina envidiosa que recordó a las autoridades que, además de con los comunistas, también había matado japoneses alguna vez junto con fuerzas nacionalistas, los derrotados que emprendieron la marcha a Taiwán. Sus hijos, con los que se entrevista, hubieron de mendigar y sobrevivir entre las basuras de la calle durante un buen puñado de años. A la hora de su muerte, la Mujer de las Dos Pistolas perdonó a la arrepentida vecina, a la que regaló la pulsera que portaba en su muñeca.

Curiosamente, la dictadura maoísta parece haberse ido de rositas en el reparto de culpas del convulso y terrorífico siglo XX. Hitler, Stalin, Pol Pot han salido peor parados, pero aún es el día en el que más de un insensato reivindica determinados aspectos de la política de aquel chalado que se llevó por delante la vida de millones de chinos. Este libro puede servir para que se reconsidere alguna de esas posturas. Aunque, conociendo el paño, no hay que ser extremadamente optimista.


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