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17 de mayo de 2009

EL INFIERNO DE LOS HIPOCONDRIACOS


El pasaje semipandémico que impresiona estos días al mundo y que ha convertido a ejecutivos de cuentas o magistradas en excedencia en auténticos especialistas en microbiología, histología y patologías infecciosas es el infierno perfecto para los hipocondriacos, esas criaturas que jamás podrían estudiar Medicina –aunque alguno lo ha habido y ha coincidido con este servidor– porque cualquier síndrome que explicase el profesor pasarían inmediatamente a sufrir con todos sus síntomas. Esta gripe A causa, de momento, interés o curiosidad por el comportamiento de esos seres tan cabrones llamados `virus´, elementos que pueden comprometer la vida de las personas independientemente de su nivel patógeno. El virus del sida, VIH, por ejemplo, es demoledor y el de la gripe, teóricamente, es benigno: sepan, en cambio, que el de la gripe se lleva por delante a muchos hombres y mujeres con defensas inmunológicas mal armadas, a pesar de su benignidad. Ojito con ellos, que, por otra parte, reaccionan al ataque de antivirales reformando su estructura genética y mutando para así ser indemnes. Si este virus de la gripe A se pone a hacer el tonto, se recombina con algún otro de intensidad malvada y se blinda convenientemente al tratamiento preparado para desmontar su estructura, podemos tener un problema. A la hora de escribir este artículo, estamos ante un virus de supuesta benignidad que se ha propagado por el mundo gracias a que aquí viaja hasta la Chelito y a que todo está felizmente intercomunicado. Dirán algunos que merced a esa comunicación los virus viajan más rápido y es imposible ‘blindar’ un territorio. Cierto. Pero también lo es que viaja más rápido el conocimiento del problema, la información y, por tanto, se está más preparado en cualquier lugar del mundo para defenderse.

Como escribía más arriba, han aparecido unos expertos repentinos en materia biológica que ríete tú de los que también repentinamente empezaron a saber de fórmula 1 a raíz de las victorias de Alonso. Estarán de acuerdo con un servidor en que produce cierta sorpresa entrar en un bar y escuchar debatir a varios lugareños acerca de la conveniencia de utilizar unos u otros alerones en función del circuito que toque ese domingo. Frases como «con esa goma jamás podrá hacerse con la chicane» o «se ve a la legua que ese coche está mal reglado» son de consumo absolutamente habitual en cualquier reunión de más de dos. Ahora, cualquiera que se haya asomado al apasionante mundo de los virus ya sabe distinguir éste de un retrovirus y explicar con mucha seriedad que la diferencia esencial se basa en que el ADN está reemplazado por el ARN. Y la transcriptasa inversa, la que traduce ese ARN para insertarse en el ADN de la célula por infectar, es una enzima que no tiene secretos para nadie. Qué quieren que les diga, a mí me parece estupendo que se generalicen determinados conocimientos. Me enternece, incluso. Y me enternecen los hipocondriacos que tosieron ayer por la tarde y ya están convencidos de que un virus vestido de mariachi habita en su interior. Por supuesto no viajarán a México en varios años y tendrán reparo hasta de beberse una Coronita, la estupenda cerveza de aquel país que tan buenas tardes nos brinda. Hay que calmarlos. No es necesario que contabilicen los nuevos casos que se dan cada día –que irán en aumento hasta que empiecen a descender, lógicamente– ni que piensen que lo peor aún está por llegar. Si no pasa nada raro, los infectados tendrán una gripe y dentro de unos meses estará lista la vacuna que prevendrá este virus, siempre que no mute. Aquí de lo que hay que ocuparse es de invertir en empresas farmacéuticas, que son las que van a hacer su agosto. Involuntariamente, por supuesto, pero se van a hinchar.


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