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20 de enero de 2008

Juan de Las Calesas, los silbidos que perdimos


Cuando uno de los bares de tu vida cierra es como si te cerrasen para siempre una de las habitaciones de tu casa. Diría más: es como si cerrasen tu propia casa, como si fueras testigo del derribo del edificio donde han crecido tus cuitas, tus pendencias, tus horas perdidas, tus minutos ganados, tus tardes en blanco, tus noches de vino, tus mañanas de aceite y cafeína. No se me va de la cabeza la mañana de invierno en la que me sorprendió una agencia de viajes en el local en el que mi padre me llevaba a beber un batido de chocolate, después del colegio, en la calle Salmerón, de Barcelona: fue como si me hubiese traicionado alguien que eternamente debía estar al servicio de mi memoria.

El propietario de un bar nunca acaba de saber lo trascendental que puede haber sido para los parroquianos que han pasado en su barra o en sus mesas el cúmulo de horas consumidas entre las cuatro paredes de su local. Antes al contrario, cuando lo dejan, suelen hacerlo hasta la coronilla y no desean otra cosa que jubilarse o dedicarse a vivir una vida que, hasta la fecha, ha quedado consumida a servir placer a los demás. Cuando mi amigo Tomás cerró el bar Las Pólvoras, en Valdepeñas –las mejores migas, las mejores gachas, las mejores patatas asadas con pimienta–, no era consciente de la mucha gente huérfana que dejaba tras de sí; de la misma forma, no lo era el dueño de Las Lanzas o de El Candil, en Albacete, donde tantas horas consumimos los ferroviarios de la época; o el del El Plata, en Zaragoza, templo de la decadencia dorada de El Tubo.

Viene esto a cuento porque en Sevilla, en el barrio de Los Remedios, un par de semanas atrás cerró un acudidero exquisito llamado Las Calesas en el que Juani confeccionaba una de las mejores empanadillas de Europa –tal vez la mejor, sin exageración– y un plato artístico y sencillo confeccionado con la más sencilla, pero auténtica, de las materias primas: las ‘virutas’, patatas cortadas muy finas, fritas en el momento en aceite de oliva y cubiertas de virutas de jamón de un grosor ligeramente inferior que aromatizaban la montaña de carbohidratos gracias al calor que desprendían recién salidas de la sartén. Una delicia inexplicable en el tiempo de la mierda de los microondas y de las tapas de franquicia. Al frente de la barra, Juan, su esposo, que se tragó, por lo visto, un canario de pequeño –igual que Obélix cayó en la marmita e hizo de los efectos de la poción mágica algo perpetuo– y gracias a ello pudo silbar como nadie jamás ha silbado en el mundo.

Juan es capaz de matizar nota a nota una sinfonía de Mozart o una melodía de Georgie Dann sin apenas mover los labios mientras friega setenta vasos o despacha una barra repleta de lugareños. Tomar alguna de sus exquisiteces en esa pequeña barra mientras escuchabas cualquier disco dedicado era uno de los grandes placeres de la Sevilla de antes de ayer. Y es que antes de ayer, como aquel que dice, cerró. Y lo hizo sin dar explicaciones previas, sin ceremonia de despedida, sin tiempo de plañideras, sin lágrimas del adiós.

Y ustedes dirán que eran viejos, que ya merecían un descanso, que su local era una sangría de pérdidas… y yo les diré que por aquí. El aspecto de ambos es espléndido, su clientela era fija y no se van a quedar en casa a tomar sopas calientes y vasitos de vino dulce. Juan trabaja en un restaurante mexicano de un barrio de moda y Juani se queda en casa, supongo, a velar de vez en cuando un par de nietos recientes. Sus hijos ya están resueltos, pero sus clientes no. Nos hemos quedado con un palmo de narices, huérfanos de ‘virutas’ y huérfanos de silbidos, desorientados de por vida, vagabundos de mediodía, de terraza de noche en las horas tórridas del verano. Nos han hecho la faena del siglo, como a usted se la hizo ese amigo, casi mejor que un familiar, que le cerró en las narices la puerta de su abrevadero. Definitivamente, somos los bares en los que hemos vivido y en los que hemos bebido. Somos, un poco, hijos de los silbidos que perdimos.


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