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12 de abril de 2009

DOMINGO DE TOROS


Hoy se encierra Alejandro Talavante con seis toros en Madrid, en las Ventas del Espíritu Santo. Valor no le falta. Hoy torean Conde, Tomás y Perera en La Malagueta. Corrida de alto voltaje. Y en Sevilla, Domingo de Resurrección con Morante, El Cid y Manzanares. Cartel de campanillas para el día en el que la ciudad cambia su piel, su traje oscuro por su traje claro. Si la Esperanza, como es de desear, ha encontrado en su ropero qué ponerse, la veremos con su vestuario de esplendor a medio camino entre unas manos muy bajas y una cintura doblada. En cualquiera de las tres plazas saltará un destello, una ráfaga, un sollozo, una estampa, y en cualquiera de las tres se producirá el milagro del arte.

El inexplicable mecanismo de la emoción nos hará vencer, un año más, la tentación septentrional de aplicar un frío raciocinio a la ancestral tradición de burlar la embestida de un toro mediante un trapo y un estoque. ¿Por qué después de cientos de años los españoles siguen acudiendo a una cita con el sol y las moscas a las cinco de la tarde? Sánchez Dragó, imaginativo y rompedor, lo intenta explicar desde el absurdo: imaginen que ahora cogiéramos a los empresarios españoles y a unos cuantos inversionistas y les dijésemos que vamos a construir en el centro de las ciudades unos inmensos cosos de estilo mozárabe para que acuda la gente y pague unas caras entradas para ver a unos hombres vestidos de señoritas esquivando las embestidas de unos animales bravos que habremos criado durante cinco años en dehesas improductivas a los cuales habrá que despachar clavándoles una espada en todo lo alto. ¿Qué creen ustedes que nos dirían los avalistas? Probablemente, no nos dejarían llegar al final de la exposición: «Salgan del despacho inmediatamente». Los toros, evidentemente, sólo se explican desde la tradición. Desde la emoción que causa la belleza, el peligro de la belleza. Inventarlos hoy en día sería imposible. Escribió Tierno Galván, electrizado de serenidad, que ser indiferente ante un acontecimiento de tal índole supone la total extrañeza respecto del subsuelo psicológico común. No es un tópico decir que es una fiesta profundamente española. La burla de la muerte y la burla de la vida son un juego elemental en el que la existencia cobra la plenitud de su sentido. La existencia, para el español, sólo parece que tiene autenticidad cuando se vive como una aventura. Los toros, posiblemente, son el acontecimiento que más ha educado social, incluso políticamente, al pueblo español. Díaz Cañabate, Antonio, ensayista y periodista y, por lo tanto, sospechoso, acuñó el concepto ‘planeta de los toros’ para definir a la masa social que vive de o vive para la fiesta. Hay, curiosamente, Estados soberanos de la ONU que están mucho menos poblados que ese conglomerado de hombres y mujeres. Echen las cuentas.

A estas mismas horas de domingo, en el caso de que usted desayune con XLSemanal en ese preciso momento en el que el Sol empieza a trepar hacia lo alto, tendré el gusto de explicar estas y otras cosas en el pregón taurino de Sevilla que organiza la Real Maestranza y que amablemente me han invitado a pronunciar. Será una forma de despertar de un largo y lluvioso invierno, plomizo como la bocanada de un rinoceronte agotado. Nos prepararemos para asombrarnos con cualquiera de los carteles que ya hoy proliferan por las plazas de España. Y nadie nos lo va a impedir. Talavante cuajará el gran toro que nos tiene pendiente desde la temporada pasada, Conde agitanará la figura, Tomás nos preparará para el sobresalto inacabado, Perera demostrará quién manda, Morante expelerá aroma con el difusor de su izquierda, El Cid hundirá los nudillos en la arena y Manzanares hará de su cintura mineral un quebrado imposible.

¡Vamos a los toros! Que el deleite está andando de puntillas y ya cruje la hombría de los toreros. Me acuerdo de Benítez Carrasco: «Y pasa el toro; ¿y qué pasa? / sólo pasa que, a su paso, / nadie sabe en qué pitón / va la gloria o el fracaso».


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