7 de marzo de 2015
 
   
     
     
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El Semanal  1 de marzo de 2015

Juan Lebrón, el Empecinado


Como si fuera un mollete de su tierra antequerana, Juan Lebrón ha alcanzado un prestigio internacional poco común para los cineastas y productores audiovisuales andaluces y españoles en general. Es un tipo raro: se juega su dinero, lo gana o lo pierde, lo vuelve a invertir y no consigue pasar un solo día sin que su cabeza sintetice alguna idea que le mantenga inquieto. Digo que es raro porque está empeñado en la perfección, en la calidad, sin importar el precio de las cosas. Salió del pueblo, en el que el padre regentaba un cine, directo a los fregaplatos de Londres. Se montó una cámara al hombro con Rodríguez de la Fuente, trabajó con los mejores, aprendió en sus años de estancia en Estados Unidos y se decidió a aventurarse en solitario. Y acertó en un principio elemental: todo lo que filme lo haré en 35 milímetros. Gracias a eso, su impresionante archivo puede ser reproducido en las miles de líneas de los nuevos soportes 4K sin merma de calidad. Antes al contrario. 

Comenzó a filmar Sevilla arriba y abajo y firmó un primer éxito con Semana Santa, bajo la dirección de Gutiérrez Aragón y el guion preciso del gran Carlos Colón. Era el tiempo en el que morían los ochenta, y Sevilla estaba a punto de mudar su piel en una ciudad completamente distinta, indudablemente mejor, pero a dos pasos de perder un cierto encanto provinciano. Lebrón filmó los cambios que la Expo 92 experimentaba en la isla de la Cartuja y, en los ratos libres, cogía el helicóptero, el arriesgado piloto y el cámara y filmaba la ciudad de arriba abajo siempre en hora de amaneceres o atardeceres. Era el tiempo en el que Jacinto Pellón, el hombre que hizo posible que la Expo estuviera concluida minutos antes de ser inaugurada, parecía el culpable de todo lo que ocurría en la ciudad. Se llegó a decir que el helicóptero que sobrevolaba la Giralda filmando la vista aérea de una cofradía era el suyo, que le portaba para darse el gustazo de ver desde arriba el tránsito nazareno. No era Pellón: era Lebrón, que estaba filmando en cine una de las imágenes más impactantes de su archivo, recogida en su sublime película. Luego vinieron dos trallazos impagables: Sevillanas y Flamenco, bajo la dirección de Carlos Saura y la dirección de fotografía de los sublimes José Luis Alcaine o Vittorio Storaro. Siempre los mejores. Sin regatear. Se calcula en cerca de trescientos millones de personas los que han visto sus obras en todo tipo de soporte. No está mal para empezar a hablar.

Es altamente improbable que haya otro productor en España de su dimensión, ya que es propietario de sus propios materiales, los cuales pueden ser reorganizados cuantas veces quiera, ya que cuenta con miles de horas inéditas de cualquiera de sus obras, como, por ejemplo, Andalucía es de cine, trabajo en el que tiene filmado desde el aire, pueblo a pueblo, todo el territorio andaluz. Recientemente recuperado de un par de reveses financieros y de salud, vuelve a hacer de su tierra un inmenso plató jamás filmado en esas condiciones. Con todas aquellas horas extras en las que filmaba Sevilla desde unas tomas ya irrepetibles -no es fácil que un pájaro con aspas pueda volver a sobrevolar la ciudad en aquellas condiciones-, Lebrón ha confeccionado una media hora impagable de la ciudad que desapareció con la Exposición Universal. Se llamará, según parece, Sevilla en el alma y es el único testimonio hecho en cine de inimitable calidad de la ciudad que se fue. No era necesariamente mejor que la de hogaño, pero quienes la vivimos la recordamos con un pellizco por alguna parte del sentidero. Ver la transformación que experimentó aquel mobiliario urbano, la vieja estación de Plaza de Armas, los solares vacíos donde luego se construyeron teatros o estaciones del AVE, pabellones inolvidables, aeropuerto o accesos, dársenas y centros comerciales, es un regalo que le debemos a este tipo empecinado en hacer las cosas rozando la perfección. Para Andalucía, para España, Lebrón, afable e incontenible, es un extraño lujo. Pude ver hace unos días el primer montaje de lo que les cuento y aún tengo la sensación de estar aplastado en la butaca. Permanezcan atentos a sus pantallas.


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