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3 de febrero de 2008

Tony Manero se viste, no se disfraza


Decía mi inolvidable Antonio Garmendia que uno, normalmente, se disfraza de lo que en el fondo quiere ser. Es decir: todos aquellos caballeros que inevitablemente se disfrazan de putón quieren ser, tal vez de forma inconsciente, putones por un día. La teoría es arriesgada y habrá quien discrepe de ella, pero reconózcanme en la genialidad de mi tío Antonio el atractivo de lo posible. Querría ello decir que a los que les ha gustado ser médicos y no lo han sido acaban vistiéndose de cirujano sanguinolento o que las que han querido ser princesas y la vida las ha llevado por las adorables cloacas de la vulgaridad no resisten la tentación de vestirse de bella durmiente por una noche. Como lo anterior, encontraríamos explicación para aquellos que eligen vestimentas muy clásicas: demonios, diablas, angelitos, colegialas perversas, enfermeras asesinas, dráculas, carniceros psicópatas… Otros, en cambio, serían más inexplicables. Pero la belleza de las teorías reside en lo incompleto de las mismas, en que no alcancen a explicar el enrevesado tejido del comportamiento humano.

El caso es que, como decíamos, a una buena proporción de hombres les apasiona vestirse de mujer. Ignoro si por aquello de ‘la piel del otro’ o, directamente, por tocarse. Resulta impresionante reconocer bajo el disfraz de colegiala peluda al director de la sucursal del banco del barrio o al inspector de Hacienda que pormenorizó nuestras cuentas en el último repaso oculto tras la vestimenta de bailarina con tutú. Tiene el disfraz, además, un mal evolucionar: es divertido cuando acabas de caracterizarte, pero empieza a ser una carga incómoda cuando, a la hora, ya estás de las trenzas de Caperucita hasta la coronilla. Normalmente, esas colegialas peludas acaban deconstruidas, con el rímel corrido, la peluca torcida y los tacones en el hombro así pasen dos bailes y tres copas. No digamos el efecto que produce encontrarse al maestro de humanidades de tu hijo descompuesto de esa guisa y buscando un taxi a las cuatro de la mañana. Ussía ha teorizado mucho acerca de este fenómeno y creo suscribir cada uno de sus interesantes asertos.

Tony Manero, en cambio, nunca se disfraza. Como mucho, se adapta a la época a la que se circunscribe la reunión. En la Hacienda de Orán, un paraíso en forma de cortijo de 16 habitaciones entre los municipios de Utrera, Dos Hermanas y Los Palacios, la caravana detuvo su peregrinar para despedir el convulso y atractivo 2007. Se decidió homenajear a Deborah Kerr, recientemente desaparecida, en virtud de la exquisita elegancia que caracterizó su carrera, su figura, su ejecutoria. Inevitablemente, hubimos de reparar en la década más elegante del siglo pasado: los años cincuenta. Si los setenta resultaron explosivamente horteras; los sesenta, excesivamente floridos; los ochenta, un horror de gominas y calcetines blancos; los treinta y cuarenta, años de guerras, tiempo en el que nadie estaba para modelitos; y los veinte, de estética de Charlot; los cincuenta fueron los años en los que se diseñaron los más elegantes trajes de caballeros y las más estilizadas figuras para las damas. Fueron años en los que nuestros padres, los padres de los que tienen mi edad, estaban guapísimos. Mucho más que nosotros con su edad. Los padres de Tony vestían con aquellos pantalones de pinzas y aquellas chaquetas cruzadas y entalladas que les hacían parecer artistas de Hollywood, con aquellos vestidos ceñidos y sus correspondientes sombreros y guantes largos que convertían a las señoras en estrellas del celuloide.

Tony se calzó un esmoquin con chaqueta de terciopelo y se hizo, de nuevo, el amo de la pista. Ver a Antoñín Sánchez Fariñas y al gran Momi García Muñoz caracterizados de Blues Brothers bailando desde su elegante redondez era un espectáculo reconfortante. Ver a Tacho de la Calle, a Salvador Domínguez, a Melgar Gómez de impecable pajarita, a las más exquisitas y distinguidas señoras envueltas en largos y escotados vestidos de noche, a los adolescentes hijos vestidos de etiqueta en lugar de anudarse los pantalones por la rabadilla del culo, significó reconciliarse con la elegancia perdida. Hasta el pobre Naranjo, inmovilizado por un collarín, dejó de tener el aspecto de chincheta que le ha dejado una inoportuna hernia de disco.

No fue disfraz, ya digo. En todo caso, siguiendo la teoría de Garmendia, lo único que hubiéramos deseado es ser tan vistosos como los españoles de los años cincuenta, aquellos tiempos en los que empezaban a despertar las ilusiones por salir del oscuro túnel de la posguerra. Y no vean cómo baila Manero el agarrado de Dean Martin y compañía.


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