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27 de mayo de 2007

Las 'Palabras a diario', de García Barbeito


Palabras a diario es el libro de un escritor que no tiene tiempo de escribir, pero que ha sido confeccionado con el mimo secreto de los coleccionistas de perlas. Lo escribe Antonio García Barbeito, el hijo de Modesta que, en realidad, germinó en un molino de aceite como consecuencia de una primera molturación de aceitunas. En consecuencia, Antonio es amargo a veces; áspero, otras, pero intenso siempre. Hijo de Aznalcázar –y amante de Pilas, la vecina incomprendida–, es un excelente escritor de cercanías, cosa que, como todo el mundo sabe, es la mejor garantía de llegar muy lejos. Es escritor de inmediateces, de los que se revuelve con los brazos caídos en el área pequeña, sin importarle el número de contrarios que lo rodea, para dejar la pelota donde tiene que dejarla con ese toque violento que a veces tiene la belleza. Gracias a sus grandes manos, con dedos como manojos de zanahorias –hay más hortalizas dignas de comparación, pero no es adecuado desviar la atención del lector con citas inadecuadas–, nada que pase por su vera se escapa a su gesto de curiosidad. Observador impenitente, Antonio es capaz de subrayar un detalle nimio que a los demás se nos pasa por alto merced a esa vocación tan suya de mariposa de cuneta conocedora de todos los lirios sobre los que trotar.

Huele la vida antes de bebérsela, ve la oscuridad gracias al infrarrojo de su mirada escrutadora y escucha con la oreja pegada al suelo, como un indio de Kansas City, todas las vibraciones que adelantan lo que va a pasar. Le gustan la lluvia, los mantecados y el arroz que yo hago –por la cuenta que le trae–. Le gustan los chiquillos, su mujer y su madre. Es andaluz sin exageración y hace de su acento el más bello de los idiomas no impostados, no exagerados. Tiene trazas de altísimo poeta, de altísimo poeta vago, y es poseedor de una legendaria habilidad para el pillaje, aunque dando siempre algo a cambio: no le quita nada a nadie, pero sabe aprovechar lo que otros no quieren creyendo que ya no sirve para nada. Tú le das a Antonio un madero viejo y te saca de él un dormitorio de caoba. Para el poeta, todo vale: la vida, la conversación, los modismos, las costumbres ocultas tras los visillos rurales de su entorno, de cualquier entorno.

Genio en la reconstrucción de neologismos, Barbeito recompone la conversación popular rehabilitando términos como ‘casolidalmente’ o ‘estoy completamente casi seguro’. El idioma para él es una pasta blanda que moldea a su gusto, y a los que nos dedicamos a intentar juntar palabras con acierto nos da mucho coraje que en una línea haya sido capaz de meter todo lo que los demás sólo somos capaces de hacer en un folio trabajado después de mucho esfuerzo. Este libro del que les escribo es un compendio del mejor Barbeito, del mejor García, del hijo de un hombre de campo que no tenía radio y que dedicaba su tiempo a contar historias a sus hijos. Les conmino a que se hagan con él, aunque yo no me lleve nada. He compartido madrugones de radio y sé de su contumacia en el trabajo, a excepción de aquella mañana que no apareció después de una velada anunciada en Utrera con su compañero de aventuras Matías Antolín, otro genio cabrón. Qué susto aquel día, qué mal lo pasamos creyendo que les había ocurrido alguna desgracia, cuando lo único que pasaba es que no habían escuchado el despertador a cuenta de un vino en mal estado que habían bebido.

Al igual que ocurre con su anterior volumen, Coplas apenas, un centímetro de tinta de Antonio es un mar de matices y una selva de emociones. Si Sevilla renaciese de nuevo, que falta le hace, seguramente lo tomaría a él como referencia de jardín inte


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