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28 de octubre de 2007

Ponce, Tomás y El Cid, resurreción en Sevilla


No es un mal cartel. Exactamente es un cartelazo de narices. En Domingo de Resurrección, Sevilla resucita de su invierno y cambia de color de chaqueta. Esa tarde, la Maestranza vive la repetida ceremonia de la primavera y bla, bla, bla. Los toros abren su temporada en el ‘Vaticano’ de la fiesta y la empresa echa el resto. Los aficionados ya lo saben. Este año que se adivina a la vuelta de un par de meses debe ser, en teoría, el de la vuelta de Tomás a las plazas de primera y las ganaderías con algo más de compromiso que las que ha elegido este año para su reaparición. De no desaparecer del panorama taurino, tal y como han llegado a sospechar algunos aficionados temerosos de que el madrileño colgara los hábitos taurinos y dijera «ahí queda eso; ahora el que quiera que venga y lo supere», Tomás debe torear en Sevilla, Madrid y Bilbao. Y no sólo con los amables Núñez del Cuvillo, toros con clase a los que algunos malvados conocen como ‘Núñez del Novillo’. Y con todos los toreros, incluso abriendo plaza, cosa que ya sabemos que no le gusta. Es sabido que aquel que abre la corrida asume el handicap de ‘calentar’ a un público que llega a los siguientes toros con otro ánimo. Es más fácil cortar orejas en el cuarto toro que en el primero, vengo a decir. Por antigüedad, pocos toreros abrirían plaza en un cartel con José Tomás, con lo que éste ha sugerido ser contratado casi todas las tardes con Finito de Córdoba, que cumple esa condición. Pero también la cumple Enrique Ponce, con lo que encaja todo en ese cartel ideal, el que hará que los abonos se disparen y las entradas se pongan imposibles. Estarían juntos El Cid, que se ha ganado a pulso su presencia; Ponce, el torero que todo lo puede, y Tomás, el escalofrío permanente. Pelotazo, ciertamente, en el que ya están Canorea y Valencia, gestores del coso. El ambiente, además, viene caldeado merced a unas declaraciones de Tomás en México, un tanto innecesarias e injustas: después de no haber dicho ni una palabra en su país, no parece lo más conveniente conceder entrevistas en América, como hacen los ex presidentes del Gobierno español, y menos para sugerir que a Ponce no lo cogen los toros porque no se arrima. A lo mejor a Ponce no lo cogen los toros porque tiene más técnica que Tomás, que no necesariamente tiene que ser el que mejor lo hace todo. Los dos toreros son, efectivamente, muy distintos: pisan terrenos distintos y ejecutan el toreo de forma distinta, caminan de forma distinta y se relacionan con el público de forma distinta. Pero no son incompatibles. Ponce no hace de cada tarde una apuesta por el dramatismo, pero conoce a cada toro como si lo hubiese criado él, de tal forma que astados que no le sirven a otros toreros que, sencillamente, no saben qué hacer con ellos, sí le sirven al valenciano. Eso es técnica, no otra cosa. Las rivalidades, no obstante, siempre han existido en la fiesta y son extraordinariamente rentables; los desafíos, los gestos, los mano a mano, las porfías e incluso los antagonismos han entretenido notablemente a una afición deseosa de tomar partido por uno u otro. Joselito y Belmonte escribieron su leyenda gracias no sólo a su innegable calidad taurina, sino a la división que establecieron en los tendidos de España.

De darse y repetirse esa concentración de torería tan intensa en una sola tarde, se confirmaría el momento espléndido por el que pasa una fiesta demasiado acostumbrada a los toboganes. El número de matadores, la variedad de tipos y estilos, la juventud de muchos de ellos garantizan unos años de bonanza que sólo pueden ser contrarrestados por la debilidad y falta de casta de la ganadería. Si se consigue que los toros no se caigan y, además, que embistan, la felicidad será completa.
 


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