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28 de junio de 2009

LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL SEÑOR WENCES


Creo haber escrito alguna vez del señor Wences. Hoy encuentro una nueva oportunidad para hacerlo con motivo de la aparición de un magnífico libro de Jorge San Román titulado La extraordinaria vida del señor Wences. Para los españoles, sorprendentemente, es un gran desconocido, pero no peco de exageración si afirmo que Wenceslao Moreno ha sido el artista español más popular en los Estados Unidos y en un buen puñado de países americanos y europeos. Cuando murió el centenario Wences en 1999 moría, sin lugar a dudas, el ventrílocuo más excepcional de la historia: una técnica descomunal unida a una capacidad artística incomparable hicieron de este salmantino de Peñaranda de Bracamonte un hito impar e inalcanzable en el estrellato televisivo y en otros escenarios diversos. Era habitual en el show de Ed Sullivan y no le fueron ajenos muchos otros comandados por tipos como David Letterman u Oprah Winfrey. Para que nos hagamos una idea rápida: el día que Carter, el presidente norteamericano, visitó Salamanca, telefoneó a Wences a Nueva York para decirle que estaba conociendo su tierra. Giuliani, el alcalde neoyorquino, rotuló una calle de la Gran Manzana con su nombre –un tramo de la calle 54 en Manhattan–, lo que motivó una emocionada carta de Clinton y otros centenares de los muchos artistas con los que compartió escena. Actuó en la Casa Blanca para Roosevelt, Truman, Eisenhower y Nixon, trabajó con Walt Disney haciendo hablar a Pedro –uno de sus muñecos– con el Pato Donald, hizo apariciones fantásticas en el Muppets show –los teleñecos–, formó trío con Dean Martin y Jerry Lewis y compartió sincera y estrecha amistad con todos los nombres que podamos imaginar del show business americano, desde Sinatra hasta Bing Crosby, pasando por Bob Hope, Dany Kaye o Elizabeth Taylor. Resultaría interminable el listado de sus compañeros de correrías.

Sus muñecos fundamentales eran tres: Pedro, una cara dentro de una caja; Juanito o Johnny Martin, al que daba forma con los dedos y unos flecos sobre la mano; y Claudia, una célebre gallina. No se le veía mover los labios, dialogaba con una velocidad de vértigo cambiando instantáneamente la voz con los tres muñecos e hizo popularísima una frase que hoy en día se sigue utilizando de forma cotidiana en aquellos arrabales: «It´s OK? It´s allright».

Curiosamente, Wences jamás dejó del todo su país. Todos los años pasaba sus veranos en Alba de Tormes, llegando a estar los últimos años de su vida cerca de seis meses en su Salamanca y los otros seis donde los rascacielos proliferan; pensaba hacerlo también cuando estaba a punto de cumplir los ciento tres, pero falleció una noche de abril en Nueva York, mientras dormía, en una residencia para mayores. En España la noticia pasó inadvertida, como inadvertida pasó su vida. Su sobrino José Luis Moreno, ventrílocuo que se formó de su mano, fue quien nos desveló a muchos quién era en realidad su tío: un hombre natural, sociable e ingenioso, prácticamente genial, que anduvo trabajando hasta que tuvo fuerzas. Con noventa y dos años, sin ir más lejos, actuó en Hollywood en el show de Dolly Parton, cobrando la bonita cifra de treinta mil dólares. No está mal. Hasta sus últimos días llevaba una rana de goma en la chaqueta a la que hacía hablar y croar con diferente intensidad, según estuviese en el bolsillo o en su mano, y no eran pocas las veces en las que imitaba a la perfección voces de personas que acababa de conocer. Creo que fue sólo José María Íñigo, además de José Luis Moreno, el que lo trajo a actuar a Televisión Española. No más de una vez. Vaya usted a saber qué misterio es el que encierra que una celebridad de esa envergadura, un surrealista de ese tamaño, no conste en el firmamento español y sí en el de otros muchos países. Misterios de la vida, la tierra y sus profetas.

Si quieren conocerlo, pueden asomarse a las páginas de este libro, pero también pueden entrar en www.youtube.com y teclear, simplemente, ‘señor wences’: hay tres o cuatro intervenciones monumentales de este salmantino sencillo y enorme. Aunque tarde, rindámosle el homenaje que merece.


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