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6 de mayo de 2007

Pasión por la libertad


Qué difícil es arreglar las cañerías teniendo que mantener el grifo abierto», sentenció Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados una tarde en la que discursaba acerca de la construcción de la casa común española. El entonces presidente se refería al complicado proceso mediante el cual hubo de cambiarse un régimen, su legislación, su sistema de relaciones entre Gobierno y ciudadanos, la propia estructura del Estado y otras nimiedades, tareas todas ellas hercúleas para un hombre solo, pero necesitadas de un hombre que, en soledad, asumiera el difícil liderazgo del desafío histórico del momento. Suárez comprendía que, hasta ese momento, la sociedad española había vivido sometida a una especie de determinismo histórico y que era necesario inculcarle un concepto moral de libertad; para ello había que eliminar el determinante y granítico obstáculo de la confrontación y garantizar un ansiado sueño de muchos, la reconciliación. Ése, a grandes rasgos, fue el trabajo milagroso de Suárez, que venía de las entrañas de la Administración anterior y podía desmontar, ladrillo a ladrillo, el edificio vetusto de un régimen agotado. Cuenta Federico Quevedo en su interesante libro Pasión por la libertad (Ed. Áltera) que el primer presidente de la democracia siempre consideró que la única manera de lograr la libertad era teniendo el valor de no buscar culpables del pasado, de no plantear la historia de España como un drama entre buenos y malos, de no remover cenizas antiguas, sino de colocar los cimientos del futuro. Ésa fue la trascendencia de la Transición, más allá de los elementales cambios en el Código Penal o en el ordenamiento estructural del nuevo Estado de las Autonomías. Queda todo ello claro en este libro confeccionado a partir de los documentos públicos de Suárez, del que Adolfo Suárez Illana, el hijo de nuestro hombre, ha aclarado que no se trata de unas memorias, sino de los planteamientos que guiaron su acción política en el Ejecutivo y en la UCD. Me consta que a Suárez le ofrecieron un auténtico cheque en blanco para que escribiese un relato memorizado de su etapa al frente del Gobierno, pero éste siempre se negó. Como sabemos, desgraciadamente ya no está en condiciones para recordar y elaborar un análisis intelectual de aquellos años de tránsito y arrebatos: la salud del hombre que creyó en el consenso como único camino para salvar la carrera de obstáculos de los años que siguieron a la muerte de Franco es hoy una salud absolutamente resquebrajada.

La enseñanza de la época –aunque él mismo dejara claro que las circunstancias y los pasos que se dieron no son trasladables a cualquier otro lugar y tiempo– no ha servido para crear una tradición política en España. Hoy, lamentablemente, se pervierte a diario la esencia misma de la democracia, esa que el profesor Sosa Wagner centra en la soberanía popular, la que se ha transformado en un sistema partidario en el que los ciudadanos sólo tienen voz cada cuatro años. Y el consenso en aspectos trascendentales brilla por su ausencia. Y no digamos la moderación en la que aquel primer gobierno basó su ingente obra revolucionaria. Hoy, la política española padece de una incontenida rabia que, aun bien de no traspasar todos los filtros que separan sociedad y esfera política, sí está dejando caer algunas gotas de ácido en las relaciones de los ciudadanos entre sí. Es eso que se ha venido en llamar «la crispación». ¿Existió crispación en las presidencias de Suárez? Indudablemente la oposición que le hizo González fue dura, durísima, injusta en muchas ocasiones, y la que le hizo su propio partido también, pero en lo referente a las cosas de comer sobrevoló un aire de consenso que hizo posibles, por ejemplo, los Pactos de la Moncloa y, con ellos, el inicio de una prosperidad de la que hoy gozamos. Deberíamos resucitar el espíritu de Adolfo Suárez, ya que, desgraciadamente, no podem


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