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1 de mayo de 2006

La batalla perdida del lenguaje


Juan Ramón habló del nombre de las cosas. Y pidió ‘intelijencia’ para saber nombrarlas
 
 

Nos han ganado la batalla del lenguaje. De hecho, la empezaron a ganar el día en que se propusieron marcar las cosas con nombres favorables a su causa: a los demás no se nos ocurrió eso y caímos en su trampa. ¿A quiénes me refiero?: a los malos, por supuesto. Los malos, los asesinos, sus cómplices, sus amiguetes y la pandilla de cobardes que miraba para otro lado instauraron una forma concreta de llamar a las cosas y no era, precisamente, por su nombre. Ahora mismo se maneja hasta el hastío el concepto de ‘proceso de paz’, que encierra la maldad de considerar el ‘conflicto’ como una mera guerra entre dos bandos parejos. La guerra de las nucas contra las pistolas. Hay que firmar la paz, que las balas no disparen a las nucas y que las nucas no agredan a las pistolas. Y todos tragando: el primero, el presidente del Gobierno, que no para de utilizar ese concepto, el cual lo extiende hasta determinados personajes de la catadura de Otegui, un ‘hombre de paz’. Los asesinos no eran asesinos, eran ‘activistas’; la banda terrorista no era terrorista, era ‘separatista’; el chantaje mafioso no era chantaje, era ‘impuesto revolucionario’; la acción delictiva no era delictiva, era ‘lucha armada’. Y ahora, cautivados por lo feliz del cese de actividades sanguinarias de la banda, hemos dado en llamar cinematográficamente ‘alto el fuego’ a la decisión de los asesinos de no asesinar, como si estuviésemos en alguno de los dos bandos que peleaban en la guerra europea. Decimos que la ETA está en ‘tregua’ cayendo en la trampa que tienden los asesinos al pretender legitimar sus actuaciones a través del lenguaje: utilizar una terminología de guerra más o menos subliminal sólo tiene por objeto dignificar la actividad delictiva y dignificar al delincuente. Y nosotros caemos en ello incluso ahora, que sabemos que la banda criminal ha cedido gracias, entre otras cosas, al acoso al que se la ha sometido desde ámbitos como el policial y el judicial. Hemos llegado al punto exacto del síndrome de Estocolmo en el que nos estamos convenciendo de que hay que pagarles algo por dejar de matar y que, en consecuencia, todo gesto será conveniente de cara al objetivo final. Ahora, lo políticamente correcto es hacerse fotos con tipos de Batasuna, que son tipos de ETA, y celebrar muy sonrientes la ‘voluntad pacificadora’ de los que hasta hace unos días celebraban nuestra muerte lenta: así, Gemma Zabaleta, una estupenda tonta útil y parlamentaria socialista, abraza a una abogada de terroristas –perteneciente, asimismo, a la organización terrorista– adelantándonos la foto de estos tiempos, esa que es el futuro, según palabras del mismísimo Rodríguez.

¿Cuántos años tardaron algunos en llamarterrorismo callejero’ a lo que era terrorismo callejero en lugar de eso de ‘kale borroka’ que tan bien les sonaba a tantos? Términos como ‘ejecutados’ o ‘cárceles del pueblo’ se colaron en los medios de comunicación españoles –aunque fueran entrecomillados– y otros como ‘comando’ se utilizaron con absoluta normalidad en todas las informaciones que hacían referencia a la actuación de un grupo de criminales que actuaba conjuntamente. ¡Como si fuesen unos guerreros enfrentados a un ejército enemigo al que combatían a base de arriesgadas escaramuzas! Hasta nuestros días ha llegado, también, la costumbre de llamar ‘violentos’ o ‘radicales’ a los alegres muchachos q


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