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15 de enero de 2006

Y Toni Manero se hizo carne


Qué zapatos de plataforma imposible, esos que hube de pagar con dolor de espalda durante los dos días siguientes 

Entró en mí el espíritu del gran Tony Manero como entran los vapores de las nieblas por las rendijas bajas de las puertas del campo. Aquel gran héroe contemporáneo se encarnaba en el cuerpo de este humilde articulista y conseguía que lo inarmónico de su expresión musical se transformase en un vendaval inagotable con el que asombrar a una pista de baile que hacía corros y tocaba las palmas febrilmente.

Qué traje blanco ese que Pepe Berenguer me cosió de atardecida, como las madres de antes, o las de siempre.

Qué zapatos de plataforma imposible, esos que hube de pagar con dolor de espalda durante los dos días siguientes y que había conseguido en una asombrosa tienda de la cuarta avenida en la que se puede encontrar todo lo que se precise para la caracterización definitiva – www.newyorkcostumes.com –.

Qué pelucazo de oro comprado a un chino de Canal Street y a juego con el cadenón y la pulsera.

Qué cantidad de gomina empleada en que mi cabellera espesa y frondosa fuese dominada en su inusual peinado hacia atrás… Definitivamente, no se va a hablar de otra cosa en mi entorno que de la Nochevieja en la que nos visitó el humo inasible de un muchacho de Brooklyn para bailar a través de mi cuerpo –habitualmente estático– los irrepetibles compases de Fever Night o de More than a Woman.

Ya les previne un par de semanas atrás que no estaba dispuesto a dejarme ver por las calles de España, descompuesto y rendido, buscando taxi a las seis de la mañana y arrastrando el espíritu del pobre Tony, con lo que Mariló Montero –brutal Rita Hayworth esa noche– hubo de penar y disponer como sólo ella sabe el salón de casa para que entrase toda esta cuadrilla debidamente ambientada:

Goyo González y familia vestidos de Los Invencibles;

Jesús Melgar y la suya, de D´Artagnan y allegados;

Alvarito Díaz y Dunia Pullina – www.ilalluna.com –, de Chicago y Moulin Rouge;

Antoñín Sánchez Fariñas, de Cateto a babor;

el respetabilísimo arquitecto Don Momi –García Muñoz para el Muy Ilustre Colegio– aún no sé muy bien de qué, pero recuerdo que a la media hora se quitó la aparatosa peluca que llevaba y espetó: «Ajá, os he engañado, soy calvo»;

Salvador Montero quería venir disfrazado de gin-tonic, por el que siente auténtica veneración, y aseguró que con una chapa de tónica en la solapa y un limón colgando del cinturón era suficiente, a lo que se le repuso que «no» y se presentó, en consecuencia, vestido de indio de película serie Z aduciendo que en toda película que se precie hay un indio aficionado a los gin-tonics;

Jose Antonio Naranjo, de por sí no muy alto, sacó ventaja a su morfología y llegó vestido de enanito de Blancanieves, su esposa en la realidad, sin necesidad de tener que añadirse una barriga postiza;

el reputado empresario Enrique Pérez y señora, Mariloli –que es la que de verdad lo lleva tó p´alante–, combinaron la explosiva mezcla del Che Guevara –por el que, curiosamente, don Enrique empieza a mostrar interés ideológico después de repetidos viajes de negocios a Cuba– y Escarlata O´Hara;

Manuel Marvizón y la infatigable Charo Padilla vinieron de ellos mismos: Manolo, que a decir de las señoras es un hombre tremendamente atractivo, tiene pronunciados nariz y bigote, con lo que con sólo colocarse unas


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