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2 de octubre de 2005

Napoleón en Albacete


Castella será el primer francés que encabece el escalafón del toreo. Lo cual es, de por sí, excitante.

 


Debo de ser, posiblemente, el español que más frecuentemente ha visitado Albacete sin causa justificada. Guardo un cálido recuerdo –incluso de los inviernos– de esa ciudad; buenos amigos, buenas viandas, buenas noches de humo y destilados. Buenos recuerdos de cuando las tabernas del centro exhibían nombres como El Candil o Las Lanzas; o El Dos de La Parra, en la que el bocadillo de japuta aliviaba no pocas gusas de media tarde. Buenos recuerdos de las copas ruidosas del Monza en noches abarrotadas e inagotables. Buenos recuerdos de su Feria, en la estructura fija de su herradura de obra llena de cuchillerías y vino de La Mancha. Mi querido Carlos Ricardo Martínez El Nene, uno de los más prestigiosos dentistas de la Unión Europea, hijo de Carlos y Urbana, autora esta del atascaburras –o ajonieve, es decir, papas, bacalao, huevo y aceite– más sublime de este lado del Mediterráneo, sabe lo que digo.

Esta pasada edición no falté a una tarde de toros en la compañía del soberano Angelito Calamardo –director de la SER–, con quien me topé, como siempre, en El Callejón del Gato, el restaurante con más contenido taurino del mundo, posiblemente, y el que sigue ofreciendo calidad sin límites. Le tengo prometida una foto de un servidor con vestido de torear que conseguí hacerme en la plaza de Las Ventas una mañana en la que me llevó Amalita Enríquez cogidito de la mano. Venía yo esa tarde de verano de hacer una religiosa parada en una de las mejores sensaciones gastronómicas de toda España: Las Rejas, en Las Pedroñeras. Allí, Manolo de la Osa se trabaja esa estrella Michelin –que, a decir de mi gurú Lorenzo Díaz, serían tres si estuviese radicado en Lasarte o Gerona, en lugar de en medio de La Mancha– y brinda un mosaico de sabores que desborda toda previsión. Es, sencillamente, sobrenatural.

Esa tarde toreaba Sebastián Castella. O Castellá, como gusta decir en Francia. Torero de gusto exquisito y de valor muy, pero que muy sereno. Llevo siguiéndole media temporada. De la afición francesa, me gusta todo: su conocimiento, su lenguaje, su seriedad. Ir a los toros en Dax, en Beziers, en Nimes es aprender. Oír a los aficionados del sur del país vecino es admirar su hondura y su rigor: la fiesta, con aficionados así, siempre gozará de buena salud. Castella es un Napoleón que puede hacer una raya en el albero. Su aire desmayado, ligero, le da una sensación de fragilidad que no se corresponde con su firmeza asombrosa. Le decía el maestro Antoñete a mi querido Manolo Molés que toreros como Castella –o José Tomás en su día– se diferencian de los demás en que ellos se colocan donde los demás ponen la muleta. Es una cuestión de terrenos dificilísima y extraordinariamente arriesgada, pero que, si aguanta debidamente el motor, acaba asegurando la gloria. Ese terreno lo pisaban Paco Ojeda y César Rincón, entre otros. Pero no muchos más: llega un momento en que el corazón ya no da de sí –véase el caso de Tomás– y dice basta. El francés es aún muy joven y puede aguantar unos cuantos años, lo que garantiza que será un emperador duradero, el primer francés que encabece el escalafón de figuras del toreo. Lo cual es, de por sí, curioso y excitante. En Albacete trazó líneas en el suelo que le merecieron mejores trofeos que los que le concedió el presidente. Los aficionados, aunque críticos, le concedimos el beneficio del arte, el del valor, el del pellizco; eso tan difícil y complicado para alguien que se pone delante de un ejemplar de quinientos kilos acabado en dos puntas afiladas (ese día no estaban tan romas como es habitual en las plazas españolas).

La temporada se acaba. Nos queda Zaragoza, Jaén y poco más. Quiera el destino que el año próximo sea más venturoso, aún, que éste. Quiera que todos los Napoleones encuentren su sitio y que la sublime belleza del toro bravo conquiste, sin remisión, la eterna lista de corazones en espera.


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