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20 de enero de 2001

Menudo rollo


Quiero imaginar que conocen ustedes la historia de Diego, un chiquillo de dos años al que se le conoce como «El niño de El Royo» y que, con su corta edad, ha sufrido la experiencia judicial de vivir en el seno de tres familias y varias casas de acogida. Este niño es hijo de una mujer que sufre determinados trastornos de conducta, los cuales aconsejaron, en su día, que el niño fuera dado en adopción a una familia soriana. Se adaptó rápido a ese hogar, el matrimonio era feliz y aquí paz y allá gloria. Los médicos, vaya por Dios, decidieron entonces que la madre biológica ya estaba en proceso de curación y que le convenía volver a tener al muchacho. Rápidamente, el Juzgado correspondiente puso un sello en un papel y arrancó ese niño de la familia que ya era suya y se lo llevó a una casa de acogida y, más tarde, decidió entregárselo a una tía de la madre. Ahora la tía de la madre ha dicho que no quiere saber nada y ha devuelto al niño porque no aguanta a la madre biológica, su hermana. Con la misma rapidez y frialdad, el juzgado ha vuelto a poner otro sello en otro papel y ha enviado al chiquillo, de nuevo, a otro hospicio.

Probablemente hoy, ambos, jueces y políticos, hayan cenado opíparamente, se hayan rascado la barriga después de eructar y hayan dormido a pierna suelta. De no ser así, no se entiende que se pueda arremeter de esa manera contra el sentido común sin que nadie se rebele, sea juez o consejero. Porque, a la postre, lo que queda de todo este desastre es un niño maltratado por la vida y por la Administración, a la cual sólo parece importarle cubrir el formalismo funcionarial y cumplir fríamente con lo que interpretan ellos que dice la Ley. Si la Ley dice eso, la Ley es una mierda, y cuando una Ley está torturando manifiestamente a un indefenso hay que darle las suficientes vueltas para que su aplicación no sea una canallada. Digo yo que para eso habrán estudiado Sus Señorías tantos años de temarios y oposiciones, tantas noches en vela, tantas centraminas y tanto café.

Mientras esto leen, Diego sigue en su Centro de Acogida a la espera de qué nueva aventura le deparan el carretón de incompetentes con el que le ha tocado cruzarse.
 


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