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24 de marzo de 2000

La lluvia melancólica


En España llueve esa lluvia de reparto, de consuelo, de Auxilio Social, esa lluvia violenta tan propia de los holgazanes, que trabajan a destajo un día y descansan siete.

Es la lluvia de la beneficiencia, que te ahíta un rato y te mata de hambre ùde sedù durante un año. No es, vengo a decir, la lluvia fina que anhelan los agricultores, que levanta la verdura y rellena acuíferos, la lluvia de los domingos por la tarde, la lluvia aburrida del otoño, el calabobos que te pone perdido. íQué fácil parece llevarse todo esto al campo de la metáfora, por cierto! Permítanme.

José María Aznar llegó con ese símil bajo el brazo y ha recuperado su cosecha, o ha conseguido una cosecha plena por primera vez. Le menospreciaron por no tener la voz del trueno, el rayo incesante en el gesto, la fuerza del agua que arrastra el barro; dijeron que era el muñeco diabólico, que no duraba ni una gripe y que su talla no era la del hijo del viento. Ya han visto que no. La lluvia fina ha calado ante la alternativa bronca de la tormenta.

Y ahora están reunidos intentando recomponer el desastre que supone recoger la cebada a media altura. La discusión en los mentideros sigue siendo si Felipe González está detrás de todo el apaño voluntarioso que encabeza Manuel Chaves (perdóname Manolo, Presidente, que sabes que te aprecio, pero no me resisto al chiste de lo de encabezar : si de cabeza se trata ¿quién va a encabezar sino tú?) y que cuenta en sus filas con una representación de todas las sensibilidades . A Chaves, por cierto, ya le están acusando de dejar de lado el Gobierno de Andalucía para salvar los muebles del Partido Socialista, como dando a entender qué culpa tenemos los andaluces de que la sede de Ferraz sea un secarral.

No obstante, el PSOE sabe que haga lo que haga está en periodo de sequía, y que el precio que hay que pagar por ello es elevado: han elegido una comisión gestora de eso que se llama perfil bajo, es decir, nada de cargos institucionales ni de miembros de anteriores Gobiernos, y se le está censurando que no haya ningún notable en esa lista.

Si la elección hubiera sido otra, es decir, rellena de rubalcabas, ciscares y leguinas, se diría que se ha formado el consabido tapón tan de gusto de la vieja guardia que impide cualquier tipo de evolución. No están en racha y habrán de ver cómo muchos de los que coqueteaban a su vera marchan veloces en socorro del vencedor. Eso ya pasó con ellos cuando Felipe arrastró 202 diputados y toda España le reía las gracias a Alfonso Guerra y se justificaba cualquier imprudencia del Gobierno o cualquier desliz del partido.

Todo el mundo era progresista y el que no lo era se preguntaba cómo podía sobrevivir en esas circunstancias.

España se preguntaba, incluso, cómo era posible haber estado en manos de los añicos cristalinos de UCD.

Bueno, pues ahora empiezo a no saber si haber obtenido 126 escaños es la causa o el efecto: es una extraña sensación derivada de ver tanta autocrítica en quienes no se han manifestado demasiado proclives a ella a lo largo de todos estos años. Sólo se recuerda una frase de González, dicha con la boca pequeña y con un cierto aire de oportunismo: Quiero decir que he entendido el mensaje . Y además, era mentira, pues no lo había entendido. Han hecho falta 183 para el tío del bigote para que empiecen a entender el mensaje. Pero en el seno de esa gran masa de votantes que atesora el Partido Socialista empieza a cundir una desazón palpable: que no llueve, o que llueve hacia arriba, y es la misma desazón que siente la gente del campo cuando mira al cielo y lo ve como si estuviera recién sacado del fregadero.

Ignoro la motivación, o la emoción, que pueda producirles esa comisión gestora, pero me malicio que no les habrá vuelto locos de contentos. Pero, hijos míos, no hay m


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