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12 de marzo de 1999

El cura y la Caja


«Es demagogia barata la que lleva a señalarle a la iglesia un sitio exclusivo en la sacristías»

Ya está aquí la Ley de Cajas. La Ley de Cajas de Ahorro que ha promovido el Gobierno andaluza, digo. Una ley que no se sabe si está hecha a favor de una idea o en contra de una persona, todo ello entre l conveniente bruma de la formalidad parlamentaria y el inevitable manoseo populista debidamente instrumentalizado. Esta Ley consagra la más pura de las intervenciones, la del poder normalmente desahogado en Andalucía, mediante la cual un gobierno va a decir dónde, cómo, cuándo va a decidir dónde, cómo, cuándo se manejan los recursos de miles de impositores (que no impostores). La Ley, grosera en muchos de sus conceptos, consagra al poder político como principal accionista, permitiendo que sean la Comunidad y los Ayuntamientos los que designen a algo más del 50 por ciento de los consejeros, los cuales van a depender del criterio partidista de la misma manera que dependen de los partidos que les han nombrado los consejeros  «profesionales» de empresas como radios y televisiones públicas o el mismísimo Consejo del Poder Judicial, donde el margen para que aparezca uno solo que no siga a pies juntillas las consignas es, ciertamente, escaso. Si además de ello, contemplamos la idea de fusionar todas las Cajas en una sola, la imagen de control por parte del poder político se hace absoluta: cabe preguntarse si el PSOE vencionista si no tuviera la seguridad estadística de seguir gobernando Andalucía con amplio margen. ¿Hubiera redactado la Ley en estos términos si el Partido Popular tuviera algún tipo de oportunidad para gobernar después de la convocatoria conjunta del próximo mes de marzo? ¿Articularían una Ley que dejara en manos del PP el concepto difuso del «desarrollo regional» vinculado a la Obra Social? ¿Pondrían el grito en el cielo si a los populares se les ocurriera patrocinar una Ley intervencionista de este jaez? Probablemente haya razones para contestar afirmativamente sólo a la última cuestión.

El Gobierno andaluz ha contado con la colaboración de sus socios andalucistas, que han desaprovechado una magnífica oportunidad para desmarcarse de ellos meses antes de las elecciones, pero han preferido, con todo, seguir pegados a los socialistas, aplicando ese concepto elástico de la convivencia política que hasta ahora es una incógnita acerca de su rentabilidad, pero que indica, indudablemente, algo más que una simple picardía electoral. El Partido Andalucista ha colaborado sin pestañear con una Ley hecha para descabalgar de su cargo a un presidente incómodo. Decidir desde el Gobierno la edad que puede tener un presidente de un consejo de administración es una demasía descarada: al ínclito cura Castillejo le perjudica su independencia bastante más de lo que parece perjudicarle su sotana porque, no nos engañemos, la Iglesia puede gestionar la Banca de la misma manera que puede opinar en materia política, cosa que tanto descompone a los políticos cuando la opinión no les beneficia (es muy común decir eso de «que los obispos se dediquen a sus púlpitos» siempre que los prelados se manifiestan acerca de asuntos sociales, acerca de menesteres que los representantes civiles creen que les competen sólo a ellos). En cualquier caso, cuatro años más parecen contemplar a Castillejo al frente de Cajasur: ¿valía la pena el viaje para estas alforjas?

Todo aquello que tenga que ver con la Banca, incluida la peculiaridad que tienen las Cajas de Ahorros, es susceptibles de ser manoseado como digo. Es su destino, nada despierta más sensación irritable que los asuntos bancarios, en los que muchos contamos con alguna historia sangrante. No es por aprovechar, pero hoy mismo me acuerdo del comportamiento miserable y usurero que ha mantenido el Banco Santander con una vieja amiga a la que está masacrando por una cifra ridícula, despreciando y vejándola desde hace siete años. O la postura incomprensible de La Caixa con otro compañero al que le ha negado una operación inocente —que podría salvarle de una situación comprometida— a pesar de llevar todos los avales imprescindibles. Son así. Difícilmente se puede tener peor imagen. Hoy los préstamos, especialmente los hipotecarios, demuestran que los bancos siguen haciendo negocio a pesar de haber rebajado el precio de los mismos en casi 15 puntos, lo que indica que durante años nos han estado estrujando sin piedad. Por eso cuando surgen leyes que regulan los flujos de beneficios, la gente mira para otro lado, deja en manos de los políticos, y de su especial e indisimulable ansia de control, asuntos que afectan a todos. Lo de las Cajas no va a acabar aquí ni así. Tendrá cola. El PSOE puede intentar enviar a la Iglesia a la exclusividad de un negocio de misales. Vale. Pero deberá admitir que si la Iglesia tiene la misión de evangelizar allá donde llegue su brazo, la Banca no tiene por qué ser materia de excepción.

Los virus graciosamente anticlericales son tan antiguos y desfasados como la beatería integristas de muchos trasnochados. Es demagogia barata la que lleva a señalarle a la Iglesia un sitio exclusivo en las sacristías. Vale la pena ver a algunos curas en el manejo social de los recursos.

Y más si el cura que nos toca es de la dimensión y categoría de Miguel Castillejo.


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