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2 de junio de 2000

Padres de ayer y hoy


«También parece que la educación de los hijos sea una pelota que se pasan de padres a educadores».

Ignoro la circunstancias que conforman el entorno de las dos muchachas de San Fernando que han asesinado a una compañera de instituto; no sé si pertenecen a familias «desestructuradas», como ahora gusta decir, si viven en ambientes marginales, si proceden de algún ámbito que discurra parejo al de la delincuencia. Sé lo poco que ha desvelado el juez instructor, que ha sido casi nada y que, sin embargo, le va valido una reprimenda por parte del Consejo de la Guasa Judicial.

Tan sólo se trata de dos jóvenes de cabeza fría y despiadada, dos pequeños monstruos que se divierten matando y que sólo se arrepienten de lo hecho «por el tremendo lío que se ha montado». Con esos datos en la mano difícilmente puedes estudiar el perfil social de un crimen ni la personalidad enfermiza que les ha llevado a cometerlo. Lo único que puede dedicarte a considerar es el proceso degenerativo que, a ojos de muchos, ha guiado a un par de generaciones a cambiar absolutamente los planos de relación de hijos y padres e hijos con su entorno. No digo con ello que e una educación equivocada vaya a salir un asesino, ni que todo asesino es producto exclusivo de una educación equivocada. Ni mucho menos. Digo que el puñado de comportamientos asociales del que hoy nos lamentamos, y que van del asesinato al robo o al simple trato violento y humillante del prójimo, tienen que ver con el gran giro de convivencia familiar que se ha venido dando desde hace unos treinta años.

De toda la impresión de que los padres tienen miedo a los hijos. Da la impresión, asimismo, de que conceptos relacionados con la autoridad han sido disimuladamente apartados como si se tratara de un comportamiento vergonzante marcado a fuego en la memoria de los actuales padres. También parece —con toda la ligereza que pueda suponer manejar afirmaciones de esta envergadura— que la educación de los hijos sea una pelota que se pasan de padres a educadores y viceversa y que acaba botando frente por frente al televisor, con todas la reservas que me impone concluir señalando al electrodoméstico como el gran culpable de todos los males de nuestro tiempo.

Hemos pasado en un puñado de años de una educación prusiana a otra californiana, pero californiana de cuando las flores y los porros eran un símbolo con pocas cosas más detrás. Los padres que educaron a nuestros padres ejercieron un poder vertical sobre sus hijos, que éstos han lamentado de por vida, aunque en ocasiones les pueda la nostalgia. Indudablemente añoran a aquellos padres a los que el tiempo les ha borrado su aires severo. Nuestros padres relajaron un tanto las maneras y vieron cómo se abalanzaban sobre ellos unos tiempos radicalmente nuevos, en los que las comunicaciones y el progreso establecían nuevas pautas de conducta. Hubieron de adaptarse a los cambios y, posiblemente, lo consiguieron. Sin embargo ha llegado un momento en que los padres de hoy, los que vieron nacer a sus hijos en los años sesenta, setenta y ochenta, se han comportado como padres acomplejados a los que sus hijos han conseguido doblarles la muñeca, llegándose a situaciones que más parecen dictaduras filiales que hogares con jerarquías razonables.

Las irresponsables teorías educativas que nacieron al calor «californiano» de los sesenta han acabado creando esos pequeños monstruos caseros de comportamiento impensables sólo unos cuantos años atrás. ¡Cuántos padres no se lamentan hoy de no haber sido un tanto más exigentes con sus hijos! Una madre me contaba con su hijos! Una madre me contaba hará pocos días que no había manera de evitar que su niña de doce años pasara tardes y noches enteras en la discoteca y que cuando ésta le increpaba por ello, la inquieta muchacha le espetaba como toda respuest


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