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20 de septiembre de 2019

El betún


Ahora que caigo, ¿se habrá disfrazado Pedro Sánchez alguna vez?

 

Ha tenido no poca repercusión en Europa la melodramática respuesta de autoinculpación del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, tras la publicación de una fotografía de hace veinte años en la que aparece disfrazado de Aladino y con la cara pintada con betún. Lean, si no, a mi vecino Camacho. ¿Cuál es el problema -se preguntará usted- como para que aparezca compungido, al borde del llanto, un líder político acusándose a sí mismo de «racista»? Pues que, de no hacerlo, Trudeau tendría serios problemas para renovar su presidencia debido a que, en Norteamérica, simular que eres negro mediante pintura y disfraz es un comportamiento considerado racista. Incluso se han alzado voces que han exigido su dimisión. A ojos de un español, por ejemplo, la cosa no pasa de ser un ejemplo estupefaciente de la absurda corriente de corrección política que asola el mundo, especialmente el anglosajón, pero a ojos de la acobardada sociedad norteamericana es algo inadecuado. Muy inadecuado. Tan inadecuado como preguntarle a un «latino» donde nació, ya que estás presuponiendo que es un inmigrante, y eso no es correcto.

En los años treinta, en la universidad estadounidense, se consideraba políticamente correcto a todo leninista que seguía fielmente la ortodoxia del partido. Poco después de los setenta se transformó en un estricto código lingüístico mediante el que se estigmatizó el lenguaje: no seguirlo a pies juntillas empezó a ser garantía de expulsión del paraíso pogre -aconsejo alguna lectura de Vladimir Volkoff al respecto- y en receptor de una buena bronca colectiva. De ahí que Trudeau, que nos parece un perfecto idiota según nuestros criterios, haya tenido que someterse a un auténtico Auto de Fe. Ello nos invita a un par de reflexiones: ¿qué sociedad es esa que se irrita por un disfraz en privado de un líder político en una fiesta de hace veinte años? ¿Es tan solo una sociedad llena de buenas intenciones que persigue una norma estricta ante la entropía del pensamiento político? ¿o es, sencillamente, que se ha instalado un nuevo macartismo de izquierdas de consecuencias lamentables? Puede ser todo a la vez, evidentemente, añadido el hecho de que nos encontremos en una imparable carrera hacia la imbecilidad. Lo cierto es que aquello que comenzó como un manoseo de eufemismos amables en épocas de descafeinamiento ideológico de verdades supuestamente intocables ha concluido en una endemoniada e inevitable hipercorrección a la que se somete todo individuo que pretenda ser algo más que un simple ser aislado.

Eso es allí. Pero usted se pregunta ¿y esto podría llegar aquí? En alguna medida ya lo ha hecho y si no reina absolutamente tal enfermedad social no será porque algunos no lo hayan intentado. El hecho absurdo de desdoblar el lenguaje en «españoles y españolas» es una muestra de ello. Cuando unos cuantos cretinos protestan por la celebración de la Toma de Granada -por degradar a los moros que fueron expulsados por los Reyes Católicos- (cielos, ¿he dicho «moros»?) o por la llegada de Colón a las Indias Occidentales -negando toda celebración oficial-, están tejiendo el escenario sobre el que desarrollar su totalitarismo atroz. Evidentemente, aún no hemos llegado al punto de cuestionar oficialmente la fiesta de Moros y Cristianos (aunque algunos lo intenten) o la tradición de pintar al Rey Baltasar en muchos pueblos, pero todo se andará. Tengo una fotografía del año en que representé, embadurnado hasta la coronilla, al Rey Negro en la Cabalgata de Sanlúcar (cielos, ¿he dicho «negro»?), hartándome a Conguitos, por cierto. ¿Qué será de mí dentro de unos años si la tendencia se instala en España? ¿Qué será de los que se disfrazan de mujer -normalmente putón- en cualquier carnaval? (cielos, ¿he dicho «putón»?), o de chino mandarín, o de pitufo pintado de azul? Y ahora que caigo, ¿se habrá disfrazado Sánchez alguna vez?...

 


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