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1 de marzo de 2019

Créame, Excelencia, España es otra cosa


Avergüenza que el grupo parlamentario que sustenta al Gobierno de España se comporte como una pandilla de extremistas

El análisis sereno de la actitud del grupo parlamentario socialista tras las palabras tranquilas, justas y sensatas del presidente peruano, Martín Vizcarra, en el Congreso de los Diputados, corresponde no a un comentarista político sino más bien a un psiquiatra. El máximo representante de un país admirable por su trayectoria histórica y por su envergadura cultural, tan solo clamó por las libertades cercenadas en Venezuela y por la necesidad de lanzar hacia la prosperidad democrática a una sociedad condenada a la tiranía de uno de los experimentos comunistas (o socialistas, pero esto lo digo yo y no lo dijo él) que en el mundo reciente han sido. Como es sabido, fieles a la recomendación del prescriptor, los diputados socialistas y los sicarios de Podemos no se dignaron a aplaudir las palabras del peruano. La razón se pierde en los mares nauseabundos de la política.

Este columnista entiende que aquellos que han hecho negocio con el régimen venezolano se nieguen a aplaudir un discurso que les condena: los sicarios de Chávez y Maduro, aquellos que cobraron para desarrollar en España sus proclamas políticas, los que han aplaudido sus desmanes, los que han justificado y celebrado cada recorte de libertades, los que han desmentido la realidad hasta el ridículo de asegurar lo de las tres comidas diarias, en toda lógica no pueden aplaudir a quien reclama que se acabe con un sistema perverso como el que condena a Venezuela a la noche más negra de la miseria y la tiranía bolivarianas. Entendido lo anterior, queda una duda cuya incógnita deberían despejar los miembros de la bancada socialista: ¿Por qué se negaron a aplaudir las palabras del presidente de Perú en un claro ejemplo de descortesía elemental?

Imaginemos respuestas. Una de ellas, la más benévola, consiste en no querer encender conflicto diplomático. Absurdo. España, aunque a regañadientes, ha reconocido a Juan Guaidó y, por lo tanto, censura a quien detenta el poder efectivo traducido en represión y violencia contra los ciudadanos desafectos. Otra, la segunda, puede radicar en la condición que el grupo extremista que les apoya en la Cámara haya establecido para continuar con la colaboración parlamentaria, ahora y más adelante: si quiere apoyos para sus proyectos legislativos debe comprender que contra la Venezuela de Maduro, nada de nada. Esta segunda manifiesta la pequeñez política de un grupo mayoritario que debería exhibir mucha mayor personalidad ante la defensa de las libertades esenciales. No es descartable que sea posible, por inverosímil que pueda parecer. Y una tercera y más grave: que no estén de acuerdo con el fondo del asunto, es decir, que no crean que Maduro y la basura que le rodea y le defiende, como el indeseable Cañamero (portador de una camiseta con en lema «Yo con Maduro»), sea merecedor de reprobación manifiesta del Parlamento español.

Conociendo la larga colección de paniaguados, verbeneros y mediopensionistas que pueblan la bancada socialista, no resulta extraño que su comportamiento coincida con cualquiera de las tres explicaciones. Este PSOE de Sánchez ha llevado hasta la excrecencia el pensamiento político de su líder, debidamente desarrollado en un volumen de manifiesta debilidad literaria e ideológica («Manual de Resistencia»), y ha llegado hasta el inexplicable y lanar comportamiento desarrollado en una sesión solemne en la que lo más moderado que han provocado es el sonrojo.

Efectivamente avergüenza que el grupo parlamentario que sustenta al Gobierno de España se comporte como una pandilla de universitarios extremistas al uso de lo que se gasta en las peores asambleas. Le pedimos perdón al presidente peruano: puede que barran en las próximas elecciones como aventura el CIS, pero créame, Excelencia, España es otra cosa.

 


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