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9 de marzo de 2007

¿Y si prueban a decir la verdad?


El  esfuerzo es notable, pero no imaginativo. Las máquinas de Ferraz están engrasadas y buscan afanosamente la frase mágica, la excusa perfecta, la explicación certera que les evite el inevitable desgaste que acarrea una decisión así. Lo intentan, pero no dan con la tecla. Han ido a lo fácil y no ha colado: el PP no tomó medidas semejantes durante sus ocho años de mandato, el personal lo sabe y va a ser difícil que convenzan a la población de que Aznar era un blando en su trato con etarras. Excarceló, como excarceló Felipe y como ha excarcelado Rodríguez Zapatero, pero no tomó la decisión de atenuar el grado penitenciario a ningún preso que le estuviera sometiendo al chantaje de una huelga de hambre. Entre otras cosas porque no se enfrentó a una situación como esa. Conociendo su ejecutoria, no obstante, se me hace difícil creer que hubiese obrado de igual manera que el Gobierno actual.

Si la libertad de De Juana Chaos es imprescindible para que el proceso llegue al puerto que se busca ¿por qué no lo dice abiertamente el presidente y se deja de excusas de mal pagador? ¿Qué pasa si mañana comparece y dice «lo siento, conciudadanos, pero no he tenido más remedio que hacerlo ya que a cambio de ello la tregua acabará convirtiéndose en un abandono definitivo de las armas tal y como tengo negociado»? Recibiría una buena tanda, indudablemente, pero tal vez no tanto como lo que le está cayendo. Que le están dando, incluso, desde dentro. Con la boca chica, pero le están dando. En esta ocasión parece como si a su servicio de estrategas se le hubiese ido la mano en la confianza de que todo lo que haga será digerido en virtud del talante, la cercanía y la sonrisa optimista de nuestro hombre. Tal vez sea cierto, como apuntan algunos observadores, que este tipo de decisiones son las que se toman personalmente, en la soledad del poder, y que todos esos estrategas que le rodean sólo tienen ocasión de asentir disciplinadamente y ponerse manos a la obra para intentar apagar los fuegos que se desatan inmediatamente, es decir, para explicarlo o para buscar quién es el Rubalcaba que asume el marrón. Acostumbrados como están a la fácil y machacona estrategia de asimilar al PP con la extrema derecha -ya quisiera la extrema derecha española tener los millones de seguidores de los populares-, la primera reacción ha sido poner el foco en la oposición y culparla de la pérdida de las colonias de ultramar: la maniobra sonaba «déjà vu» y no ha impresionado a nadie, probablemente por la razón de que en el subconsciente del colectivo general prima la imagen intransigente de Aznar por encima de la de un político acogotado por la presión terrorista de ETA y dispuesto a ofrecer concesiones inconfesables. Lo único cierto es que cuando Aznar gozó de la pérfida mayoría absoluta que tanto le perjudicó a la larga, puso en marcha la reforma penal que los socialistas y demás grupos no quisieron afrontar en sus mandatos: el cumplimiento íntegro de las condenas sigue siendo una iniciativa popular que está metabolizada por el general de la ciudadanía y que queda asimilada al Aznarato. Por eso va a ser difícil que cuele la suerte de que la derecha fue una manga ancha intolerable con los asesinos.

La auténtica razón por la que han enviado a la Herriko-taberna al psicópata de Ignacio no hay que buscarla en ninguna causa humanitaria ni en nada parecido: De Juana va a encamarse con su energética novia en su casa porque a la debilidad del Gobierno le quemaba en las manos el héroe que pudo ser mártir. Temeroso de un nuevo Barajas que le hundiese definitivamente en una depresión preelectoral nada deseable, le soltaron confiando en que estas cosas se acaban pasando antes de lo que parece y en que la ciudadanía deja de estar perpleja o molesta así le ponen dos platos de gambas por delante. La manifestación del sábado es el aguijón más molesto con el que se van a encontrar en muchos meses


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