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20 de diciembre de 2002

El Barça y Yo


Como el que dice, yo me he criado en aquella grada norte. Era la entrada más barata, pero permitía ver el juego desde una opción casi cósmica; es más, cuando este era tedioso podías apoyarte en aquél barandal y ver la Barcelona rutilante de los atardeceres, dibujar con la mano el perfil milagroso del Tibidabo, entretenerte en pensar en aquellos cuerpos de barceloneses que reposaban en el cementerio vecino y que podían oír los goles de su equipo o  atisbar las luces parpadeantes de la Diagonal en plena hora de regreso. Aquella grada era un rincón del patio de mi casa. Luego, sobre ella construyeron otra, y sobre esa otra, otra más. Mi tío Pablo, el almeriense más elegante que dieron los siglos, me llevó por primera vez a aquél templo y me dejó, tal vez sabiéndolo, a los pies de un sentimiento. Jugaba Fusté, el héroe barcelonés cuyo nombre en los labios del inolvidable Miguel Angel Valdivieso era un poema inacabado. Y acababa de debutar Sadurní, aquél desmayado y elegante guardameta que suplió a Pesudo y que para mí ha sido incuestionablemente el mejor del mundo. Yo trapaceaba algunos duros para juntar el dinero que costaba aquella entrada de general e iba a extasiarme más tarde con Torres y Gallego, y con Marcial y con Rifé y con un jovencito Charly Reixach. Y era intensamente feliz en el desmayo aquél de los domingos cuando tronaba el estadio en cada arranque de aquella exhalación que llegó del norte y que habría de reescribir nuestras vidas deportivas: Johan Cruyff, que debutó ante el Granada y marcó dos goles y dio otros dos y todos nosotros nos llevamos las manos a la cabeza y nos abrazamos sin conocernos y saltamos gradas abajo a abrazarnos con los que subían del graderío cubierto y nos frotamos los ojos porque acababa de anunciarse el advenimiento del salvador. Nunca más he vuelto a ver ese fútbol. Y luego se fue Montal y llegó un señor que era bajito y que lloraba mucho y que echó a Neeskens, el toro bravo holandés al que idolatrábamos en mi rincón de hormigón. Hacía años que ya me había hecho mayor, pero seguía soñando con los ojos del chiquillo al que le tatuaron dos colores en el pecho y de los que no había manera de soltarse.

Ese mito impalpable del barcelonismo me ha venido sobrevolando desde entonces como un murciélago insidioso. No he perdido el pulso de las emociones encontradas porque hay amores que nunca se pierden, porque nunca pierdo la Barcelona fascinante de mi infancia, por mucho que falte de ella, por muy sevillano que sea, por muy desagradable que se ponga. Conservo entradas de partidos irrelevantes pero inolvidables y conservo, incluso, algunas cintas de cassette con los comentarios que grabábamos un amigo y yo en el mismo campo como si fuéramos locutores de postín. Y conservo la vista de la ciudad a mis espaldas y la panorámica idílica de once caballeros jugando al fútbol con mi pelota. Con los años, pude incluso pisar el césped, y radiar partidos de verdad, y entrevistar  a entrenadores como el gran Helenio, y asistir a ruedas de prensa, y conocer personalmente a mis héroes, y  sentarme en el mismísimo palco de pescuezo. Y ni siquiera ante la adversidad más acentuada he renunciado a mis años de crianza en la aquella barrica feliz.

Es hoy, sin embargo, y no me reconozco en el escudo que dicen defender ese puñado de groseros rencorosos y envidiosos que han llevado al barcelonismo a lo más bajo y que han permitido que afloren, como hongos, dos o tres subespecies de animales peligrosos. Yo no quiero tener nada que ver con ellos. Nada. Yo soy de otro Barça.

Por eso se lo pido: por amor de Dios, devuélvanme lo que me han quitado.


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