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14 de julio de 2006

Lo deportivamente correcto


Todos los apologetas de lo política y deportivamente correcto han saltado a la pasarela de la moda a exhibir su mejor perfil con motivo de la disputa entre la cabeza de Zidane y el pecho de Materazzi. Qué espectáculo más educativo y edificante ver a los «vigilantes de los talantes» saltar como un resorte desde sus habitaciones de guardia para censurar un lance intolerable y reiterar la necesidad de diálogo en cualquier pendencia que se sostenga. Como si con un mamarracho ignorante como ese italiano se pudiera dialogar nada. Los mangantes y trincones de la FIFA se plantean, en el mismo paquete, retirarle al francés el Balón de Oro concedido como consecuencia de haber sido elegido el mejor jugador del Mundial, considerando que su acción es un mal ejemplo para esos pobres niños angelicales e inocentes que estaban viendo la final con sus papás el pasado domingo. Quise ver a todos los padres progresistas del mundo tapándoles los ojos a sus infantes para que no se contaminaran con el intolerable patrón de comportamiento mostrado por el mejor jugador del mundo: afortunadamente, los colegios cerraron sus puertas un par de semanas atrás y no hubo de contemplarse el lamentable espectáculo de miles de niños cabeceando el costillar de su adversario en todos los patios de España, como temían unos y otros. A nadie se le cae la cara de vergüenza por hacer tanto el ridículo y por usar tanta frase hecha como la que se viene disparando desde el día nueve hasta acá. Ninguna de las horrorizadas almas sensibles de la corrección deportiva recuerdo yo que haya gesticulado tanto con las miles de barbaridades que se escuchan en los campos de fútbol, con las pancartas que se exhiben, con los petardos que se tiran, con lo que le corean a los árbitros, con lo que declaran algunos orondos mandatarios; es mucho más elegante preocuparse por una pendencia menor nacida de la provocación continuada -y teatralmente exagerada por un mediocre- que por las cabezas de cochinillo que se han lanzado en algunos campos de fútbol sin que haya mediado, por cierto, sanción alguna. Podemos, si lo consideramos necesario, hacernos los tontos colectivos y creer que el fútbol es un deporte en el que se usa florete y careta, en el que los contendientes se tratan de usted y en el que la pasión febricular se limita a coleccionar cromos, y podemos enfadarnos mucho cuando observamos una acción antideportiva y hacernos los preocupados con la enseñanza que eso transmite a nuestros cachorros, pero ese cuento no cala ya ni en la política, el arte más experimentado en el engaño y el disimulo. Dejémonos de tonterías y preocupémonos por lo que uno le vino diciendo al otro a lo largo de todo el partido, por los insultos y provocaciones que se dicen en los rectángulos y fuera de ellos, por el lenguaje ronco y oxidado de muchos protagonistas del fútbol, por las tonterías que se preguntan y se contestan. Quitarle el Balón de Oro al que ha sido, efectivamente, el mejor es darle la razón a los Materazzis que pueblan los rectángulos. Es premiar a los chulos, a los rastreros, a los tramposos. Puede que como la FIFA está llena de chulos, rastreros y tramposos, quieran así otorgarse un premio a ellos mismos, pero si consuman esa estupidez sí que enseñarán a los niños a jugar como el defensa italiano, no a hacerlo como el delantero francés. Que piensen en ello las sensibles criaturas que tanto han lamentado el cabezazo.

Al marsellés prodigioso que tanto nos ha emocionado a las almas normales y a las que no lo son, se le debería otorgar el Príncipe de Asturias del Deporte. Querido Graciano, Director de la Fundación, no lo dudes ni un momento, propónselo al jurado y haz justicia con el más grande. No seamos deportivamente correctos.
 


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