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2 de agosto de 2002

Sultana mía


Te estás poniendo pepona, Sultana mía. Te veo de aquí para allá, como cuando pedías perejil, comprabas un décimo o voceabas camarones y creo que la edad empieza a notársete en esos labios que se te hacen carnosos de tanto silbar desde la acera contraria. No estás pasando tus mejores días: sé que la muerte de tu padre te alivió, aunque solo fuera por lo mucho que sufrió con tus equívocos, con tus noches desatadas de cuero y lobas, pero aún así te queda ese rictus de huérfano-esperanza que tanto detestas. Tú le decías que la vida no te había pedido permiso para tener que heredar el barco y que no pensabas pasarte la vida en la mar, que a ti te gustaba la calle, viajar, conocer gente, dejarte llevar por la fogarata enloquecida que ardía en lo más íntimo de tu cono sur, pero aquél sagaz visionario que se llevó media vida jodiendo a sus empleados nunca lo pudo entender. Claro, Sultana, que a quien le toca, le toca, y ya puestos se quita una el luto y hace lo que puede. Y así tienes al vecindario enloquecido.

Y a los de la calle contigua completamente confundidos con tus pregones y voceos, añorando tus maneras de ordinaria, tus paseos en borriquillo y algo sorprendidos con tu nueva gestualidad, más contenida. El bambito largo y blanco que luces de mañana cuando despiertas entre sueños de té verde y noches del Bronx traiciona injustamente tu antigua esbeltez, la de tu juventud tan reciente, de cuando podías dejar libre aquella mirada tuya embadurnada en el untuoso fluido de la líbido.

Son años que añoras porque nadie reparaba en ti, lo sé, pero el timón quedaba suelto y alguien tenía que cogerlo. La melancolía es mala compañera de travesía cuando hemos de enfrentarnos a lo que tenemos, una casa a medio hacer, a medio comer, a medio sujetar, lo suficientemente desencajada como para no salir a la calle a repartir por igual bolsazos a otras locas y caramelos a los soldados. Por añorar, añoras hasta tu infancia en la Ceuta que no conociste, de la que tanto te hablaron y a la que tanto miras. Déjate de tonterías, Sultana, dale de comer a los tuyos y pon en orden ese terruño que acabas de heredar y que a ti se te antoja un corral de cabras: la pequeña historia del barrio no te recordará por querer parecer, de repente, un legionario de pelo en pecho, sino por haber sido capaz de sacar de ti el repartidor de pescado que llevas dentro. O que llevaste alguna vez y que vete a saber cómo entró.
La calle está muy mala, ya sabes. La gente se va, huye con lo que sea y cruza la autopista jugándose la vida, dejándosela debajo de las ruedas de los camiones. En ocasiones hasta son detenidos por la Guardia Civil. Será que son malos tiempos o que no hemos sabido hacerlos buenos y seguimos prefiriendo las mentiras mal urdidas y las excusas de mal pagador.


No te dejes vencer por la languidez. Tú eres tú cuando estalla por la sisa de tu vestido esa mujerona valiente que se sigue recordando en las esquinas a media luz, en los fondos de armario revestidos de rosa palo. Cuando ayer pasé por tu calle y no te vi, evoqué los días en los que se te veía feliz, en los que ninguna ocupación te entretenía, en los que voceabas la pesca de tus aguas, en los que vendías la suerte de mañana. Hoy, entretenida en el gobierno de tus cosas, la calle es menos calle porque ya no silba el aturdido colibrí de tus fantasías moras.

PD: La Sultana es un vendedor de cupones y pescado que acaba de heredar una finca en Rota. Por si acaso.


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