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17 de noviembre de 2017

Si la violan, enciérrerse


No parece razonable que la densidad de un crimen dependa del dolor que le haya producido a la violada

QUE cinco becerros borrachuzos que se hacen llamar «La Manada» penetren consecutivamente –y lo graben con su teléfono– a una joven de 18 años en un portal es una animalada y una indecencia diera ésta su consentimiento o no. Un tío que se vista por los pies no participa en una jauría colectiva utilizando a una mujer como objeto a violentar; si tiene mucha necesidad la mete en un vaso caliente. En sede judicial navarra se juzgan los hechos denunciados que, de momento, han provocado que los cinco se encuentren en prisión desde hace más de un año, lo cual algo nos dice acerca de lo que ha considerado el instructor; el juicio es a puerta cerrada por elementales razones de discreción para con la víctima y sólo se conocen aquellos detalles que las defensas de los cinco individuos tienen a bien comentar a los medios.

Al parecer, el juez ha admitido como prueba –no se sabe muy bien de qué–, unas fotografías que habría obtenido un detective al poco tiempo de los hechos sobre los que se quiere hacer justicia: esta joven habría salido con algunos amigos y estaría tomando unos vasos y charlando con ellos de noche en su localidad. Deberíamos saber si, en realidad, lo que ha hecho el juez es curarse en salud con tal de que después no puedan los acusados alegar indefensión: hay juicios y sentencias que se complican por cosas así y resulta más aconsejable ser previsor, aunque esa decisión te traiga no pocas críticas. De no ser por ello resulta cuanto menos confuso que sea el comportamiento de la mujer presuntamente violada el objeto de investigación: no es a ella a quien hay que investigar y, por demás, no parece razonable que la densidad de un crimen dependa del dolor que le haya producido a la violada.

Según la interpretación que la defensa haya hecho de unas imágenes en las que la joven departe con amigos al aire libre mientras comparten unas bebidas, parecerá que pretendan sugerir comportamiento indiferente a la gravedad de lo ocurrido aquella noche de fiestas, lo cual es indecente al entender de muchos, entre ellos este articulista: ¿Qué entiende el defensor que tiene que hacer una mujer violada?, ¿ingresar en un convento?, ¿encerrarse en casa de por vida atiborrada de barbitúricos? o ¿intentar siquiera por unas horas hacer vida normal que le ayude a superar el trauma que supone que cinco cabrones te vayan introduciendo sus miembros de forma sucesiva, lo graben para sus archivos y se lo intercambien con amigotes?

De la presentación de esa controvertida prueba se induce que hay quien cree que una mujer, por mucho alcohol que haya ingerido, puede llegar a disfrutar de que cinco bestias se alternen para penetrarla en un portal de madrugada. No se debe medir como infalible la supuesta resistencia presentada ante una manada de individuos de esta calaña, si gritó mucho o poco, si entró o no entró en shock. No se está juzgando si esta joven es o no una heroína, un valladar de virtudes, la celosa guardiana de su integridad dispuesta a jugarse en ello la vida. Hay que juzgar los hechos que llevaron a una mujer a recogerse en un banco, temblorosa y destrozada, en posición fetal, después de que unos salvajes –con algún antecedente– la dejaran allí tirada una vez habían satisfecho sus impulsos animales.

Si resultan culpables del delito de violación, caiga el Código Penal sobre ellos; si no puede demostrarse que eso fuera así, que todos sepan, al menos, qué clase de tíos son unos bestias que machacan a una joven de dieciocho años en una noche de diversión y borrachera, la dejan tirada semidesnuda, le roban el móvil y siguen su pavoneo de sementales por la noche sanferminera.

 


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