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1 de noviembre de 2002

Qué hermosa estás, tristeza


Qué beso aquél. Pulposo y rezumante, recuerdo; aunque algo frío, como la caricia de un barbo en plena huida. Era estudiante de todo y nada, viajaba con frecuencia del éxtasis a la calamidad y mi sangre se ponía marcialmente de pie con la asiduidad de una gotera vieja. Una casa deshabitada, un jardín de matojos y una noche untuosa de verano. Y sus labios aquellos, con la molicie de las niñas bien y el olor de ropa limpia, entreabiertos con recato, temiendo la ocupación por las armas. Menudo beso. Si Garci me hubiese filmado se habría detenido en mi aspecto de ajoporro en la antesala del arrebato. Yo no era el Landa borjiano de su film, el de la cara enjabonada, la navaja en la mano y la mañana de mayo abriéndose paso por las cristaleras.

No. En mi mirada se mezclaban sin pudor la impaciencia y la clemencia, la fogarata urgente y desvelada de la adolescencia imberbe y la misma piedad de las miradas del niño Manolito Lozano ante el brindis del escritor Blas Otamendi. Son distintas arboledas perdidas, pero arboledas al fin. Yo quisiera haber rodado aquél beso y echarlo a pelear con el que dibuja su última película, porque mi beso, el beso del hombre que araña, era un beso llamado a barrer las llamas de las velas. Yo estaba en esa edad en la que los atardeceres están permitidos y los sofocos tienen cita diaria; era gente normal, digo, de la que prueba el temple de la carne en la certeza de ser invariablemente derrotado. Por ello creo que Garci debiera haberme filmado, porque ese hombre filma a gente que, de puro corriente, resulta excepcional, y la hace dialogar, y mirarse, y besarse.

Aquella era una edad en la que uno estaba dispuesto a besar, incluso, una cicatriz con tal de agitar el triunfo de un roce, esa edad de orejas arrepolladas en la que nunca terminas los platos de lentejas y en la que hasta las pedrizas te parecen pradales de tulipanes amarillos. Qué años aquellos, cuando Dios no parecía estar bañado en este óxido y cuando el mar, el mar de azul crecido que uno siempre acaba extrañando, cabía en los dedales de mi madre. Un beso era  capaz por sí sólo de hacer llover como en la Biblia y, de ser profundo, se antojaba como la incrustación de una bala en el cuerpo.

El beso de Garci es más propio de labios capaces de afilar cuchillos, de esos besos que da la gente con las manos achicharradas de adioses y con los colores absurdos de la soledad pintados en el semblante. Es el beso que daría uno de los inmóviles lagartos del recuerdo, pero beso al fin, digno de una escena veinticuatro. Aquél mío fue, por decirlo, el de unos años en los que aún no tienes que desquitarte las perezas y en los que dedicas buena parte del día a sofocar incendios: uno iba del corazón a sus estudios y en ese tránsito, como en la canción, derramaba lisuras como el que siembra el trigo que nunca ha de brotar. Al ser de esos a los que el cine se les antoja un descanso entre película y película –la vida es una cinta rodada entre algodonales de algún deseo--  uno paga la entrada con la esperanza de verse retratado. Y al ver la que les digo, me he venido yo mismo a la memoria, pasmado y flaco, una inacabable noche de verano. Qué tontería.


Somos los besos que hemos dado, los que le hemos robado a cada sueño vivido en aquellos colchones de resortes vencidos de nuestra adolescencia. Besos de pan tierno, profanadores de bocas asombradas, en los que hubiéramos muerto sin sentirlo.
Qué hermosa estás, tristeza, vista desde aquí.

 


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